"Yo fui la que tuvo el valor de montarse en un camión a dar clases de conducir"

La jerezana Manuela Martínez (1942) se convirtió en la primera mujer de la provincia de Cádiz que se atrevió a impartir clases prácticas a hombres que querían obtener el carné de camión, en la antigua Autoescuela Julián. Gracias al apoyo de su padre, rompió las barreras machistas propias de la época y ejerció durante cuatro décadas.

De todas sus primas, amigas y conocidas, ella fue la única que sacó “los pies del tiesto”. Manuela Martínez (Jerez, 1942) abandonó a una edad temprana los estudios, pero a los 18 años ya tenía el carné de conducir. Ella no era una mujer avanzada a su tiempo, fue su padre quien, en la sociedad tremendamente machista que caracterizaba a la España de los años 60, la animó a que tuviera una profesión.

Recuerda con una lucidez envidiable cómo con apenas 15 años acompañaba a su padre por los pueblos. Daba clases de teórica a los alumnos en los bares y ella conducía al volver a Jerez. “Me llevaba cada ‘cosqui’ que temblaba porque él quería que aprendiera ya y a mi me daba miedo”, cuenta entre risas. El disgusto que a su abuela le generaba verla al volante tampoco lo olvida. “La vais a hacer un hombre”, decía escandalizada.

La madre no alentaba los pasos de su hija. Prefería que Manuela cosiese o bordase, a lo que su marido se oponía argumentando que pronto se dejarían de hacer esas labores. La septuagenaria baja la voz y pasa de un tono jovial a uno solemne para compartir las palabras que su padre le regalaba al oído y que ella, dice, nunca olvidará: “Aprende, trabaja y ten una profesión. Cásate con el que te guste, no con el que te tenga que mantener. En aquellos tiempos te tenías que casar para ir pa lante con el señor que te tuviera como a una reina”, explica.

Al cumplir los 18 años obtuvo el permiso B de conducir. Entonces, para continuar su formación debía realizar obligatoriamente el servicio social durante seis meses, experiencia de la que guarda muy buenos recuerdos. “Me lo pasé estupendamente y me divertí muchísimo. También lo podías obtener si tenías una carrera o si estabas casada. Si estabas soltera, no eras nada”.

Para sacar el carné del camión había que tener la mayoría de edad, en aquella época fijada en los 23 años. No fue coser y cantar. El responsable de realizarle las pruebas psicotécnicas se echó las manos en la cabeza y le preguntaba que para qué quería ella conducir camiones. Manuela, de constitución grande y fuerte –aún lo es en la actualidad—, en un primer momento no lo era tanto como exigían. “Entonces a los coches había que darles con una manivela, y no llegué al mínimo al girara la rueda simuladora. El hombre me decía que lo que tenía era que lavar mucha pila (a mano) y doblar ropa que es con lo que las mujeres tenían fuerza en las manos”. La primera vez no logró su objetivo, pero la segunda sí, después de entrenar por las noches con unos garfios que su padre le regaló.

Manuela Martínez, primera mujer que enseñó a conducir camiones, junto a la fachada de la antigua autoescuela./ La-fm.es
Manuela Martínez, primera mujer que enseñó a conducir camiones, junto a la fachada de la antigua autoescuela./ La-fm.es

Debió esperar a los 25 años para sacar el carné del autobús y después el del autobús con remolque. Luego se marchó a Madrid al centro de formación profesional y obtuvo el título de monitora de autoescuela. En la provincia ya había monitoras de autoescuela y daban clases teóricas. “Yo fui la que tuve el valor de montarme en un camión a dar clases de conducir. Pasé pánico, el camión no es como el coche, pero ya después lo superé. Mi padre le enseñaba a todo el mundo mis títulos, sentía gran orgullo”, presume esta mujer pionera.

Comenzó a dar clase donde hoy día se ubica el parque González Hontoria. El padre de Manuela llevaba a los alumnos desde la oficina de la autoescuela, en la plaza del Arenal, hasta allí para dejarlo en manos de ella. A lo largo de las más de cuatro décadas ejerciendo su profesión, enseñando sobre todo a hombres, no ha lamentado ningún altercado, discriminación o menosprecio por el hecho de ser mujer. Reconoce que en una ocasión uno de los alumnos no mostraba interés durante las primeras sesiones prácticas, “le dije que sólo pensara que una persona le estaba enseñando y después de aprobar de primera le pedí que no olvidase de que una mujer le había enseñado y me respondió que no lo iba a olvidar. Era muy dura, muy dura, les reñía…, pero conducían perfectamente, que era mi meta”.

Conoció a su marido durante una clase, “porque yo siempre he estado trabajando”. Tras ocho años de novios, se casó. “Con el hombre que yo quise y seguí trabajando y luchando, luchando, luchando…”, recalca. Sus tres hijos “han volado”. Para criarlos contó con la ayuda de sus padres y una tía. Los llevaba a colegio a las 8.30 y, a las 12.00, procuraba tener una clase práctica para recogerlos. Todos la conocían. “¿Tú sabes lo que era que su madre fuera a recogerlos con el alumno? Mis hijos se montaban detrás sobre las piedras que llevaba el camión. Yo ahora lo pienso y digo: qué burra… Ellos han vivido mentalizados de que esa era mi vida”, afirma emocionada.

Cerró la autoescuela de Jerez y abrió una en Prado del Rey y otra en Arcos. “Fue duro porque ya era mayor y pasaba diez horas sin bajarme del coche, iba y volvía diez veces al día”, explica. En el ecuador de sus sesenta años, su marido, que se había convertido en compañero de trabajo, falleció. A este triste episodio se le sumó una lesión en el pie, de ahí que a los 66 años se decidiera a abandonar la profesión gracias a la cual, asegura, aprendió a vivir y a sufrir. Y lo hizo sin avisar a nadie, sin grandes despedidas.

Una década después de dejar de trabajar y cerrar la emblemática Autoescuela Julián, sus alumnos la reconocen y siguen parándola en la calle para saludarla. “Todo el mundo me ha querido muchísimo. Mis compañeros me han mimado porque era la única, me he sentido protegida por todo el mundo”. Actualmente, reside en el Pelirón, en el mismo lugar en el que durante décadas tuvo abierta la antigua autoescuela. La fachada aún conserva el nombre. En los aproximadamente mil metros que conforman el interior del inmueble, quedan restos de la señalización del circuito que recorrían sus alumnos. Manuela lo describe a la perfección.

Vive una vejez tranquila. Sola se ocupa de su casa, “los males” no se han ensañado con ella. Además, siempre que puede acompaña a los ancianos de San Juan Grande. Así de sencillo es el día de Manuela Martínez, una mujer pionera que se siente plenamente realizada tras más de cuarenta años con un volante entre las manos. “A mí no me gusta conducir, ni me gustan los coches. A mí me gusta enseñar a conducir”.