Mujeres gitanas: "No nos han educado como sumisas"

Coral, Francisca, Felipa y Eva hacen pedazos día a día las etiquetas que históricamente la sociedad asigna a las mujeres de su etnia. Para ello, destacan la formación y la defensa de los valores tradicionales, así como la necesidad de "romper barreras" porque ahora ellas también salen a la calle a buscar trabajo.
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Coral, Francisca, Felipa y Eva hacen pedazos día a día las etiquetas que históricamente la sociedad asigna a las mujeres de su etnia. Para ello, destacan la formación y la defensa de los valores tradicionales, así como la necesidad de "romper barreras" porque ahora ellas también salen a la calle a buscar trabajo.

“Gracias a Dios los gitanos somos hoy personas”. Estas palabras las profiere Francisca, una mujer, gitana y madre de familia. Lo recuerda porque, pese a ser una obviedad, no hace mucho —en el pasado siglo— al pueblo romaní se le prohibía hablar su lengua y era perseguido por la Ley de Vagos y Maleantes. No ha llovido tanto desde entonces y ella, como otras muchas, día a día hace historia para acabar con la triple discriminación que padecen por ser mujer, por pertenecer a una minoría étnica y por no tener estudios. Esta jerezana ya veterana reconoce que sus circunstancias le impidieron estudiar, pero hizo todo lo posible para ofrecerle esa posibilidad a sus hijos sin perder sus raíces.

Las primas de Coral, una joven gitana estudiante de Bachillerato, le preguntan qué hace yendo al instituto con una mochila tan grande. Según explica, ellas sólo piensan en irse de su casa, casarse y formar una familia. No es su caso. Ella quiere estudiar, superarse y que su madre se sienta orgullosa, aunque no siempre ha sido así. Antes “mataba” por no estudiar, pero tras la insistencia de la persona que le dio la vida, cambió “el chip”. Coral, natural de Ciudad Real, también hace historia y, en la medida de sus posibilidades, procura mejorarla. Para ella no ha sido fácil. “Las he pasado canutas porque no he tenido una situación estable”. Carecía de los conocimientos básicos. La Fundación Secretariado Gitano de Ciudad Real le ha ayudado a sortear todos los obstáculos. “No por ser gitana, no tienes que estudiar, al revés. Hay que plantearse un futuro mejor o seguiremos atrasados. Si no estudio, ¿qué voy a tener en la vida? No me van a dar un trabajo por arte de magia”.

Coral no sabe si conseguirá culminar estudios superiores como Felipa, que es psicóloga. Esta gitana comenzó la carrera en Sevilla. Sin embargo, el tercer año no se “hallaba” en la ciudad hispalense. Contactó con la fundación y tomó la decisión de continuar sus estudios desplazándose a diario desde Jerez. En un principio, intentó compaginarlo con un trabajo en la tienda de chucherías de la plaza Plateros. “Error. Cuando yo me vi jovencita con mi dinero…”, relata con sorna. Entonces abandonó la Universidad para continuar ganándose la vida, hasta que se dio de bruces con la maldita crisis. “Me vi mayorcita, sin carrera y sin poder aspirar a nada más”, asegura. Animada por compañeras y familiares, en tres años logró el título estudiando a distancia. Y a partir de ahí “todo vino rodado”. Pasó de estar en el paro, sin estudios, a trabajar como psicóloga.

Felipa es una gitana referente, con un perfil y un modo de vida adaptados a los nuevos tiempos. Desde Secretariado Gitano, donde trabaja, pone su granito de arena para acabar con la triple discriminación. Actualmente vive una etapa de transición, ha pasado de ser hija, a ser madre y formar su propia familia. Es consciente de los grandes retos a los que las mujeres se enfrentan en relación a sus parejas en pro de la igualdad de trato, de oportunidades y de género. “Nuestras madres no nos han educado como sumisas, pero sí con la obligación de llevar adelante una casa porque el hombre traía el dinero. Las nuevas generaciones estamos rompiendo barreras porque tenemos que salir a la calle a buscar trabajo. Los hombres gitanos y todos en general tienen que ponerse las pilas porque la situación ha cambiado”.

Al igual que Felipa, Eva vivió su infancia y juventud junto a la fábrica de botellas. Sus familias eran las únicas gitanas de la barriada. Estudió Administrativo, más tarde Turismo y pasó un tiempo en Londres. Luego comenzó a trabajar en un banco de Marbella en el que a diario defiende su puesto de trabajo desde hace más diecisiete años. En la entrevista para optar a ese empleo, le preguntaron por qué quería trabajar en el banco. “Yo dije que quería que mi madre se sintiera orgullosa de mí; me ha apoyado en todo lo que he hecho. Yo no hago la historia, para mí la hizo mi madre”. Tras la ventanilla de la entidad bancaria ha sido protagonista de una anécdota en la que otra gitana que “iba a sacar su dinerito” no se creía que Eva ‘vendiese cal’ —expresión que utilizan para saber si son romaníes—. “¿Qué pasa que por ser gitana no puedo trabajar en un banco?”, le respondió ella.

En España, el pueblo gitano ha estado repudiado en el ámbito jurídico hasta la aprobación de la vigente Constitución. Francisca, Coral, Eva y Felipa son referentes para las demás chicas de su comunidad. Día a día destinan sus esfuerzos a acabar con los estereotipos, los prejuicios y la xenofobia. Continúan la labor de sus abuelas, sus referentes, a quienes Felipa muestra sincero agradecimiento. De ellas destaca tres cualidades básicas: la fuerte unión y el sentido de la familia, la inquietud por la formación con la que abrieron el camino de la inclusión social, y el respeto de la cultura gitana. “Al igual que el resto de las mujeres de su tiempo, lucharon y trabajaron mano a mano con las personas de etnia no gitana para que más tarde nosotras hayamos tenido una formación”, expresa con voz entrecortada por la emoción, Felipa, una de las mujeres gitanas que hacen historia.