España es laica y eso nos jode

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Para ser riguroso, no somos laicos somos aconfesionales, que no es lo mismo, pero es igual como decía el trovador Silvio Rodríguez en su canción. Un estado aconfesional es el que no reconoce a ninguna religión, “aunque puede tener acuerdos con alguna”.

El laico es lo mismo pero no se adhiere a ninguna. Lo dicho, no es lo mismo pero es igual porque en la práctica los Estados hacen los que le da la gana debido al poder tan inmenso que tienen las religiones monoteista en los Estados donde se enquistan.

Los gobiernos se sienten presos de su propia trampa. Por un lado usan la religión como adormidera de las conciencias crítica de la ciudadanía y por otro se sienten presos del poder que por medio la fe ejercen la jerarquías religiosas para mantener sus privilegios.

El caso de la dictadura fue paradigmático. Franco usó la religión como ariete contra la República y después de ganar la guerra, para frenar ese poder, usó la Falange y el ejército para contrarrestarlo, no le gustaba ser rehén de los obispos.

La fe es como los platos del bufé libre religioso. Una vez que entras pagando con tu bautismo (todas las religiones incluyen un rito) comes de todos los principios o sólo los que te gusten y cuando sales practicas los que quieras, aunque no quieras, porque la impronta te impide desprenderte de ella. Cuesta muchos años de lectura, de charlas con las amistades, de esfuerzo mental para desprenderse de ese freno ideológico que te grabaron cuando eras pequeño y no todo el mundo está dispuesto hacerlo.

De ahí, personas que no pisan una iglesia desde que hicieron la primera comunión y bautizan a sus hijos e hijas o se casan por la iglesia aunque no vayan a misa. Pasan de la religión pero no son capaces de soltar el lastre de lo aprehendido.

Es muy fácil encontrar padres o madres no religiosos, que no han bautizado a sus hijos, pero son incapaces de alejarlos de la influencia religiosa dándoles unos valores morales según su forma de pensar, con el argumento peregrino de que como eso está en la calle y lo impregna todo ¿para qué hacer frente a ello?, no vaya a ser que el niño se sienta extraño.

Recuerdo que a mi hija le llegó la hora de la primera comunión. Como el resto de niñas ella quería hacerla. Con nueve añitos le expliqué que ella no estaba bautizada pero que si quería hacerla, al igual que otras niñas, lo celebráramos para que fuera feliz. Como a ella al igual que al resto de niñas lo que le gustaba era el vestido y la fiesta, me comprometí a comprarle un vestido hermoso y festejarle una fiesta como las demás. Fue tan madura que me dijo que no hacía falta, que para qué. Ella ha crecido sin la mentira de Adán y Eva y tan feliz como la que más. Este es un ejemplo de como incidir, de no dejarse llevar porque de lo contrario no cambiamos nada.

Es cierto que he nacido aquí, una sociedad Católica, con valores cristianos que considera a los homosexuales poco menos que hijos del demonio y a la mujer que ha venido a este mundo a parir y poco más, y contra eso me tengo que revelar.

Las sociedades cambian porque los valores en los que se mantienen cambian y eso ocurre cuando las personas fuerzan un cambio que se va produciendo en lo cotidiano, lento al principio, pero hay que comenzar y no resignarse. Ello no es incompatible con que disfrute una zambomba con villancicos navideños o vibre con el paso de palio por Carpintería Baja que llena todos los sentidos se mire por donde se mire y se crea en lo que se crea.

Aunque el artículo 16 de la Constitución dice que ninguna confesión tendrá carácter estatal y como también dice que tenemos derecho al trabajo digno y a otras utopías, yo seguiré intentando hacer algo para que las letras salten del papel y a la calle con la esperanza de escuchar alguna vez a la conferencia episcopal decir: España es laica y eso nos jode.