Castañeda, policía local durante más de 30 años: “Hoy no respetan a nadie”

Uno de los pocos guardias urbanos de Jerez, ya octogenario, narra algunos entresijos de los 34 años que estuvo de servicio en la calle. Episodios en los que ha sentido miedo, pena y cómo ha evolucionado Jerez y la percepción que se tiene del Cuerpo. Asegura que trataba de educar, no de recaudar, y que nunca dio un guantazo aunque sí se "revolcó" en varias ocasiones hasta esposar a varios detenidos.
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Uno de los pocos guardias urbanos de Jerez, ya octogenario, narra algunos entresijos de los 34 años que estuvo de servicio en la calle. Episodios en los que ha sentido miedo, pena y cómo ha evolucionado Jerez y la percepción que se tiene del Cuerpo. Asegura que trataba de educar, no de recaudar, y que nunca dio un guantazo aunque sí se "revolcó" en varias ocasiones hasta esposar a varios detenidos.

— LaFM: ¿Ha llorado alguna vez durante el desempeño de su trabajo?

— José César Castañeda: Saltárseme las lágrimas sí, muchas veces, porque he visto cosas muy duras…

Le resulta imposible recordar a las personas que ha detenido, nunca ha llevado la cuenta, pero pasan los años y José César Castañeda (1937) es capaz de contar anécdota tras anécdota durante horas, menciona cada nombre de sus compañeros y las calles en las que sucedieron los hechos que narra. Mientras, un destello en sus ojos engaña a quienes le oyen. Puede ser fruto de un cóctel de emoción, nostalgia y orgullo por haber ejercido durante más de tres décadas como policía local con dedicación, pero sin vocación. Más allá de poner multas, en este tiempo ha visto y vivido experiencias fuera de su hogar desagradables —algunas con cierta recompensa en lo personal—, ha sentido miedo y pena.

Con la treintena, este encargado de pintores y padre de cuatro hijos, inició su carrera en el Cuerpo. La fluctuación del sector de la construcción y la pintura le llevó a buscar otra salida laboral. A mediados de los sesenta se buscó la vida en el País Vasco y a finales de esa misma década, como policía, alentado sobre todo por su esposa, Pepa Arévalo. En el periódico jerezano de la época ‘Las noticias del ayer’, vio publicadas las plazas para Policía Nacional a las cuales su marido no se pudo presentar. Más tarde sí optó a las de local en Jerez. “Yo insistía porque tenía cuatro hijos y para mí el bienestar de ellos era lo más importante”, zanja la mujer del ex agente de la urbana, como se conocía en los 70.

Fue por ello que sin dejar de trabajar y sin asistir a clases en academias ni ayuda de profesores particulares, este jerezano se presentó a los exámenes en el Consistorio. Presume de haber aprobado, además de las pruebas físicas y otras teóricas, una oral “que ya no es capaz de hacerla nadie”, en las que mencionó el nombre de 300 calles del municipio. Lo logró bajo la atenta mirada, entre otros, del secretario general, Salvador Salvago. “Anda muy bien de cuentas”, dice muy seria Pepa dibujando cuentas en el aire con la mano. “Eso de que los locales eran unos analfabetos no es verdad. Sí es cierto que lo eran algunos que procedían de la División Azul”, apostilla César.

El policía, José César Castañeda, cuando se estrenó en el Cuerpo.
El policía, José César Castañeda, cuando se estrenó en el Cuerpo.

En 1970 inició su carrera como policía urbano cuando Jerez se encontraba dividido en siete distritos, las guardias diarias y nocturnas de ocho horas se realizaban a pie, y únicamente contaban con un Land Rover. Castañeda heredó el número de un policía a quien poco antes habían asesinado de una puñalada en el Bar ‘El Colmao’ algo que, como a cualquiera, le imponía respeto. Por entonces contaban con cuatro días de permiso al mes y si no los disfrutabas antes de finalizar el año, se perdían.

Entre los incontables puñados de episodios y relatos de sus noches y días de servicio cuenta que al pasar junto a una céntrica zapatería se percató de que algo raro sucedía. Al echar un vistazo comprobó que cuatro individuos estaban sacando la mercancía y guardándola en una furgoneta. No se lo pensó dos veces. “La primera vez que mi madre me vio de servicio fue corriendo por los tejados detrás de ellos. Empezó a chillar y alertó a todos los vecinos”.

En otra ocasión detuvo al hijo de un coronel del ejército cuando éste realizaba un atraco en la plaza del Progreso “y entonces no se robaba para drogas”, especifica. Esa época en la que la heroína y la cocaína sacudían los recovecos de Jerez y el país entero llegó más tarde. César trató mucho con las personas adictas “y a mí siempre me han respetado, respetaban mucho, más que los de corbata”, coincide el matrimonio. Sin embargo, protagonizaron momentos más que desagradables durante el servicio del entonces policía. En la plaza Mirabal, cuenta, “uno de los primeros de la droga se quitó la vida, verlo, bajarlo y descolgarlo… yo que sé… Después hubo que buscar a la familia”.

Comunicar este tipo de noticias a los allegados es uno de los peores tragos por los que ha pasado. —¿Ha llorado alguna vez durante el desempeño de su trabajo? —“Saltárseme las lágrimas sí, muchas veces, porque he visto cosas muy duras… También me dio ‘no sé qué’ cuando un hombre se tiró a las vías del tren y cuando desmantelaron el cementerio de Santo Domingo”.

La jornada en la que sintió realmente miedo tuvo lugar en una de las primeras Ferias del Caballo en las que trabajó en los 70, aunque ahora sonríe al narrar el episodio: debió intervenir en una pelea en la que dos bandos de gitanos que comerciaban en ella intercambiaron tiros y puñaladas. Asegura que sin saber cómo, con el sonido del silbato y la porra, él acabo agarrando la escopeta.

A la jefatura local de Policía han llegado felicitaciones dirigidas al agente Castañeda desde Suiza por haber ayudado a unos extranjeros a llegar a su destino y ha recibido cartas personales de alcaldes como Miguel Primo de Rivera y Pedro Pacheco. Pero no olvida una realmente especial para él de una joven con apenas 20 años. La chica caminaba por una de las calles del barrio de Santiago cuando cayó repentinamente al suelo. Tomándola en brazos la llevó hasta el antiguo hospital ubicado en La Merced. Había sufrido un infarto y la presteza del agente salvó su vida. Más tarde ella, junto a sus padres, se encargó de localizarle para expresarle en persona su agradecimiento.

Ganaba cuatro veces menos de policía pero cotizaba a la Seguridad Social. Esta es una de las razones por las que muchos jóvenes de la época se decantaban por entrar en el Cuerpo. Poco más de 50.000 pesetas anuales era el sueldo de un agente. “Dieciocho euros al mes—recalca el octogenario—, muchos de nosotros éramos pluriempleados. He trabajado más que pelos tengo en la cabeza”. Explica que en una ocasión el alcalde Miguel Primo de Rivera le firmó un permiso de vacaciones para poder marcharse un mes a trabajar a Málaga para ganar unos ingresos extra. También montó un quiosco por el que el matrimonio fue muy conocido y respetado.

A pesar de que el sueldo era bastante ajustado, no se aprovechó de su condición. Hasta 1975 los agentes recibían un porcentaje de las multas emitidas. Las esposas de otros compañeros hablaban de las cantidades que recibían por este concepto lo que hizo pensar a Pepa que su marido le era infiel. “Yo le pregunté si tenía a otra mujer porque la nómina sí la traía a casa y él me dijo que no ponía multas”. Según cuenta el ex agente, él mismo le inquirió a los superiores y a Alcaldía si le “habían metido como recaudador o para educar; yo lo primero que hacía era educar, decirles lo que estaba mal y que a la próxima le caía”.

Vivió el cambio de la Transición y la llegada de la Democracia. A lo largo de sus 34 años de ejercicio y durante los sucesivos todo ha evolucionado: las condiciones laborales del Cuerpo, la sociedad, y la percepción que ésta tiene de los agentes. César considera que antes los jueces entendían mejor la labor policial y opina que han perdido autoridad especialmente entre los más jóvenes. “Hoy no respetan a nadie”, afirma. Cree que esto sucede “porque saben que no les va a dar un guantazo”. Algo cuando menos paradójico ya que en sus tres décadas como agente no ha dado ninguno, “revolcones sí, hasta poder agarrar (esposar) a los detenidos”.