'Flamencoadictos' reunidos: "El flamenco tiene eso, te atrapa, te engancha y no te suelta"

Aprendices, futuras promesas y amantes de lo jondo, celebran encuentros semanales en casa de Estela Zatania. La neoyorquina, cantaora y crítica de flamenco asentada en España desde hace medio siglo, asegura que disfrutan del cante el toque y el baile "sin reglas y reconoce que lo suyo con el flamenco "es grave".
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Aprendices, futuras promesas y amantes de lo jondo, celebran encuentros semanales en casa de Estela Zatania. La neoyorquina, cantaora y crítica de flamenco asentada en España desde hace medio siglo, asegura que disfrutan del cante el toque y el baile "sin reglas y reconoce que lo suyo con el flamenco "es grave".

Se contagió del virus del flamenco en plena adolescencia cuando la carrera de Bob Dylan despegaba y en Estados Unidos todo el mundo tenía una guitarra “para hacer ra, ra, ra, y tocar en las fiestas folk”. Sabicas —uno de los mayores profetas de lo jondo— y otros, que también cruzaron el ancho charco atlántico para colonizar la gran manzana como María Escudero y Paco de Lucía, la impregnaron de ese bendito veneno hasta convertirla en una yonki del flamenco.

Este arte caló profundamente por las venas de una por entonces jovencísima Estela Zatania (Nueva York, 1947), primero guitarrista, luego cantaora y en su madurez erudita del flamenco. “Era una hippy, pero el flamenco tiene eso, te atrapa, te engancha y no te suelta. Es muy difícil que digas no al flamenco. Lo mío es grave, he dejado a mi familia, mi país, y todo”, admite la americana que desde hace ocho años es la anfitriona de encuentros semanales en su “humilde” morada jerezana donde se reúnen aprendices, futuras promesas y amantes de lo jondo.

Corta queso, pone en la mesa los picos, las aceitunas, los vasos y la cerveza cada martes. “Yo siempre les digo que no traigan nada”, dice, pero no todos le hacen caso. A partir de las ocho y media de la noche comienza a recibir en zapatillas de andar por casa el goteo de amigos y amigos de amigos cargados con sus guitarras, botellas de vino o con las más puras ganas de conocer y disfrutar del flamenco. Saludos, intercambios de opiniones sobre tal actuación o tal otra, dudas sobre acordes o tonos que se van disipando… es el preámbulo de la cita.

La única regla es que no hay reglas, vienen personas que se están preparando para un concurso y quieren perfeccionar un cante o que simplemente cantan lo que les da la gana”, puntualiza Zatania. No hay censura ni guion, la espontaneidad y las ganas encadenan una dosis de diferentes palos. Veinteañeras dan el relevo a octogenarios al cante y el toque; las guitarras pasan de mano a mano.

Paulatinamente las pequeñas inyecciones en forma de bulerías o fandangos causan su efecto y poco a poco los improvisados artistas van perdiendo la cobardía. El londinense, Simón ‘El Rubio’, se envalentona, deja la guitarra y baila. Él fue uno de los que dio a conocer estos encuentros jondos en andaucia.com mucho antes de que se celebraran en casa de la neoyorquina.

Santos García fue uno de los padres de esta iniciativa, años antes de la llegada de Estela a Jerez. En sus inicios tenía lugar los martes y los viernes en locales municipales como el Edificio de los Sindicatos. Las quejas de los vecinos por el ruido, el elevado coste de tomarte una bebida y la falta de intimidad, son algunas de las razones por las que Estela abrió las puertas de su hogar para convocar a los ‘flamencoadictos’.

Una de las reuniones que se celebran cada martes en casa de la americana, Estela Zatania./ MLP
Una de las reuniones que se celebran cada martes en casa de la americana, Estela Zatania./ MLP

Entre otros muchos, Santos reclutó a Juanmi Zarzuela quien asiste siempre que puede desde hace más de un lustro “por el buen rollo” y el buen ambiente que hay. “Es muy difícil encontrar un sitio en el que aprender a acompañar (con la guitarra) que es lo que más me gusta. Eso no se aprende en una academia, se aprende en acompañando y preguntando a uno, a otro, a otro… de otra manera, no”, asegura el guitarrista jerezano.

“Se trata de un acto de amistad, no hay dinero, ni intereses, vienen quienes que cantan mal, bien, cada uno aporta lo que puede”, presume Estela. Nuria Mercedes, natural de Madrid, no se pierde la cita. No es profesional ni aspira a serlo, sin embargo, lo mismo aconseja a un guitarrista novel francés que comenta cómo debe resolverse tal palo o tal otro.

En busca de una salida profesional, consuelo, refugio, alegría, por tradición o embelesados con su danza… Quién sabe, cada uno se acercó al flamenco y a este peculiar cónclave, al que aportan lo que saben y pueden, movidos por diferentes motivos, y recaen cada martes siempre que les resulta posible. Santos enumera una larga lista de ‘flamencoadictos’ que a lo largo de estos años han asistido en ocasiones a esta cita y se han hecho un hueco en este mundo.

Zatania, autora de ‘Flamencos de Gañanía’, hoy día escribe para la publicación especializada deflamenco.com. Según la jerezana de adopción, no había mujeres críticas hasta hace poco, no era normal y más si, además de guitarra y baile, hablaba de cante. “Ser mujer y hablar de cante levanta muchas cejas. Poquito a poco ganamos terreno, vamos avanzando como en todos los campos”.

En su opinión, el palo que mejor representa al flamenco en su conjunto es la bulería. Para ella, es “el único palo —enfatiza— que está vivo; de un día para otro la gente inventa cosas, sus vivencias… otros cantes son recuperaciones de lo que ha habido”. No se considera una purista del flamenco, aunque afirma que por algunos espectáculos de hoy día no hubiera hecho el sacrificio de venir y asentarse en España: “Me hubiera quedado allí oyendo blues. Hay cosas que yo no veo que sean flamenco. El flamenco tiene un olorcillo, un aroma”.

“En el flamenco todos tenemos un punto de locura”, subraya la septuagenaria que vive con su gata Rosalía, nacida en el barrio sevillano de Triana, de ahí su nombre, en honor a la famosa cantaora de ese barrio castizo. Tanto es así que, después de cinco décadas de tablao en tablao, continúa oliendo el aroma de lo jondo, cultivando su adicción, esa que “te atrapa, te engancha y no te suelta”.