Crítica de Lesa Humanidad: “No hay humano que soporte esto”

Crítica de Eduardo Bernal

Hoy es jueves,21 de diciembre de 2017. Mañana se celebra la lotería de Navidad y hoy Cataluña se juega su particular premio gordo: su futuro. Después de casi un año sin entrar en los Cines Yelmo Ideal de Madrid, me dispongo a atravesar sus puertas. Nada más introducirme en el hall, veo unas figuras circenses que destacan sobre un poster lleno de marcas patrocinadoras. Se mueven. Se trata de hombres y mujeres vestidos de domadores. Se contonean, sonríen. Radiantes, miran fijamente las cámaras que inmortalizan sus travesuras.

A tenor del poster que acompaña sus sombras impregnadas en las paredes, estamos ante el preludio del preestreno del musical más popular de este invierno. Aturdido entre la multitud, busco información sobre el documental que me propongo visionar: Lesa Humanidad. Después de preguntar a diversos hombrecillos, llego a unas escaleras. Sobre ellas, diferentes títulos cinematográficos se apilan, unos sobre otros. Al lado de cada uno, las palabras PASEN o ESPEREN, según proceda. Encuentro el título de dicho documental con su correspondiente ESPEREN. Pues espero. Aprovecho a extraer mi teléfono móvil del bolsillo y buscar las palabras LESA HUMANIDAD en Filmaffinity. No tiene nota, pero sí dos críticas. Una le otorga una calificación de 1. La otra repite dígito con el acompañamiento de un 0. No había visto tanta disparidad de opiniones desde el jueves pasado, justo hace una semana, cuando visioné la película Star Wars: Los Últimos Jedi. Con esta película lo pasé realmente mal, espero que con ésta disfrute más.

No es difícil, teniendo en cuenta que, a mis ojos, la última película de la saga galáctica es la peor película del presente siglo. Finalmente, la palabra ESPEREN se convierte por unos instantes en PASEN. Pero al querer subir las escaleras, un mozo ataviado con un uniforme me obstaculiza, pues se trata de un error. PASEN vuelve a ser ESPEREN. Tras otros cuatro minutos esperando, finalmente subo los escalones que me llevan a un pasillo. Al final del pasillo me encuentro con unos nuevos domadores (o quizás sean los mismos). Esta vez están repartiendo cartones de palomitas entre los asistentes de la sala 8, que se disponen a entrar. También ofrecen a un servidor. Pronto me doy cuenta de que ésta no es mi sala. Declino la oferta, pues, aunque pueda colarme en esa fiesta a la que no he sido invitado, mi profesionalidad me empuja a buscar la sala 7. Tras unos segundos, la encuentro. Ya dentro, me acomodo en un asiento, no sin antes mirar a mi alrededor. No parece que vaya a venir mucha gente a ver el documental. Minutos después de mi llegada, un hombre de avanzada edad se sienta a mi lado. Más tarde, ya con las luces agonizando, un grupo de mujeres se sienta en nuestra fila. Una de ellas, que parece conocer al señor de pelo blanquecino, le recrimina que le corresponde el asiento que él está ocupando. La charla se acalora, las palabras de uno y otra suben de volumen. La luz desaparece, al contrario que las vocecillas de los personajes, que inundan la sala. Pronto, otras voces empiezan a increpar el comportamiento de los contendientes de esa improvisada batalla dialéctica.

Sin más preámbulos, el documental empieza. Lo primero que vemos son unas paredes de ladrillo. Más tarde, unas calaveras se adueñan de la pantalla. La imagen se detiene, la proyección se ha interrumpido por problemas técnicos, pues el proyector no está bien ajustado. Tras tres o cuatro minutos con la pantalla en negro, el documental se reanuda.

 

¡Y en qué mala hora se reanudó! Puedo decir sin temor a equivocarme que Lesa Humanidad es lo peor que he visto en un cine (no me extraña que ninguna cadena, ni las más próximas a sus ideales, lo hayan querido comprar). Aunque he de reconocer que me hace aflorar sentimientos de nostalgia, pues al ver ese catastrófico montaje y esos planos tan esperpénticos, mi mente vuela a mis años de niñez, a aquellos tiempos de Primaria cuando en el colegio hacíamos nuestros primeros vídeos. Bueno, para ser sinceros, esos vídeos están mucho mejor realizados que este intento de documental. Porque, seamos realistas, no podemos llamar a esto otra cosa que intento, pues lo que ven mis ojos no corresponde en nada con la sinopsis que me prometieron.

Se supone que Lesa Humanidad versaba sobre las víctimas del franquismo, sobre la memoria histórica. Lejos de eso, nos encontramos con personajes conocidos como Baltasar Garzón (hablando de su intento de investigación sin decir nada relevante) y Joan Tardá (dejando en entredicho la legitimidad del Estado español), que no hacen otra cosa que dejar en mal lugar su propia imagen por el simple hecho de aparecer en este producto audiovisual. Tal vez en sus inicios se puedan vislumbrar algún retazo de lo prometido, con algún testimonio interesante, como el de aquella mujer a la que le robaron el niño nada más nacer alegando fallecimiento, o algún documento inédito sobre el pasado del rey Juan Carlos. Pero pronto, toda esperanza de ver algo, al menos, coherente se desvanece, y aquel intento de documental se convierte en un panfleto político sin pies ni cabeza, desembocando todo en una apología al independentismo catalán.

Para un ser apolítico (pero con algo de criterio) como el que escribe estas líneas, el vídeo dirigido por Héctor Faver se queda en una oportunidad perdida de recordar y reivindicar el respeto de las víctimas. No hablemos ya de la oportunidad que pudiera haber sido de aunar las dos Españas si este documental se hubiese llevado a cabo por otras manos. Aquí, lejos de unificar, enfrentan los distintos bandos que, a casi ochenta años del fin de la Guerra Civil, no desaparecerán gracias a documentales como éste, un producto maniqueo alejado de toda objetividad posible, donde a través de dudosos medios se llega a un fin meramente político. Que se proyecte el día de las elecciones catalanas no es casualidad.

 

Y así es como se inicia el coloquio final, extrapolando el pasado de España al presente de Cataluña. El vídeo termina, las luces se encienden, el hombre de avanzada edad se despierta de su siesta (no le culpo) y los típicos pelotas arrancan a aplaudir, a sabiendas de que el director, el productor y demás comparsa van a aparecer de un momento a otro. En mitad del coloquio empieza a sonar una música estridente que ahoga cualquier palabra que pueda salir de los conferenciantes. Parece que la propia sala, tal vez cansada de oír tanto vulgar panfletismo, quiera echar a todos los que aquí nos encontramos. Afortunadamente, y a pesar de que han conseguido acallar la música, el coloquio no dura más de media hora, que se suma a los interminables 98 minutos del vídeo, y puedo escapar de esa pesadilla. Y yo me quejaba de Star Wars…