Crítica de ‘C’est la vie’ una comedia de Eric Toledano y Olivier Nakache

Eduardo Bernal26/01/2018

Valoración: 3 Butacas

Una vez más, los directores franceses Eric Toledano y Olivier Nakache vuelven a su género favorito: la comedia. Y lo hacen para ofrecernos el preparativo y banquete de boda más divertidos que hemos visto en cines en los últimos años. Por desgracia, esto no es suficiente para poder decir que C’ est la vie (Le sense de la fete en su idioma original) es una gran película. Es de agradecer que los directores de Intocable hayan mantenido su estilo y cierto nivel cinematográfico para no caer en la comedia de brocha gorda que tanto proliferan en la cartelera actual, pero faltaría a la verdad si dijera que estamos ante una comedia de altos vuelos de las que  tanto nos tiene acostumbrados el país galo.

Está claro que Le sense de la fete no entrará en la sección COMEDIAS SOFISTICADAS de los videoclubs acompañando a otros filmes europeos contemporáneos como Toni Erdmann o La alta sociedad, pero el que busque pasar 120 minutos (tal vez demasiados para el argumento que tiene) de diversión y chistes frescos (alguno más efectivo que otro) saldrá del cine más que satisfecho. Porque la película que nos ocupa tiene entre sus aciertos una historia coral amena y con buen ritmo, unos personajes que, aunque nunca vayan a salir en ningún libro de Historia del cine ni se quedarán en la memoria del espectador, desprenden vitalidad y un sentido del humor y la comedia muy propicios para la película. Todo gracias a unos actores entregados a la causa tales como Jean-Pierre Bacri, Vincent Macaigne, Kevin Azais o Suzanne Clement y a unos directores que se mueven como pez en el agua en el género de la comedia (aunque aquí estemos más en una pecera que en un gran océano; no hay mucha agua en la que nadar).

 

En definitiva, C’ est la vie hará las delicias de quien desee disfrutar de un momento de desahogo y de quien no se conforme con las comedias de sobremesa, pero no complacerá ni al que busque otra Intocable en esta cinta ni al espectador asiduo de delicatessens de gran gourmet, pues no estamos en un banquete de alto copete aunque nos encontremos en un castillo del siglo XVIII.