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Esta Villa no es ninguna Maravilla

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Valoración: 3 Butacas sobre 5

Tras múltiples éxitos como Una historia de locos, Las nieves del Kilimanjaro, La ciudad está tranquila y Marius y Jeannette (por poner sólo algunos ejemplos de su excelsa carrera), Robert Guédiguian nos regala su nueva película, Una casa junto al mar (La villa, 2017), manteniendo su costumbre de estrenar un film cada dos o tres años. Esta vez, y esperemos que no sirva de precedente, se trata de un regalo envenenado, con envoltorio bonito e interior tan bienintencionado como nada funcional, pues quiere presentarnos una historia situada entre el naturalismo y el antinaturalismo, entre lo narrativo y lo metafórico, quedándose en terreno de nadie, pues nadie entenderá ese final a no ser que tenga a mano al autor para contarlo (como, afortunadamente, fue mi caso). Y no sólo el final adolece de ese hermetismo; el director ha olvidado que, para hacer un cine simbólico, se necesitan, principalmente, símbolos, símbolos con significado y no sólo con significante, pues de lo contrario nos quedará, como es el caso, una obra insignificante, una obra a la que poco o nada ayuda el hecho de haber tenido una cala como único escenario (con sus subescenarios).

Tampoco le ayuda el abrir múltiples conflictos y no cerrar ni esclarecer ninguno. Temas como la infidelidad, la muerte o la inmigración (éste último como excusa para llevar a cabo la historia que nos atañe, sin ninguna brillantez) se tratan de soslayo y sin ningún fin más que el de hacernos recapacitar. Me pregunto si no hay películas mejores y más claras a la hora de afrontar estos asuntos. La respuesta para un servidor está clara, pero le dejaré a usted, querido lector, que hilvane su propia respuesta.

Pero, afortunadamente, el nuevo largometraje de Guédiguian tiene sus virtudes (aunque pesen más sus defectos). Entre ellas, la naturalidad que recubre a la narración cuando el caótico guion le deja y a todos los personajes en la mayoría de secuencias. Personajes interpretados con mucho tino por el elenco habitual en las películas del director francés: Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin, Gérard Meylan, Jacques Boudet, Anaïs Demoustier, Robinson Stévenin, Yann Tregouët, Geneviève Mnich y Fred Ulysse. Es de agradecer que ellos, los únicos que sostienen (o intenten sostener) la historia (¿?), ofrezcan sus mejores versiones, evitando que el conjunto se hunda en el fondo del mar que les rodea. También destacar la fotografía y los paisajes (escasos pero certeros), que consiguen trasladar al espectador a la cala donde transcurre todo y nada a la vez. En cuanto a la dirección, rutinaria y teatral, molestará al que quiera ver una obra de arte superior a la que en realidad es, pero no al que busque una historia simple. Lo malo es que la simpleza es, muy probablemente, el mayor lastre de esta película.

En definitiva, La casa junto al mar no es una película destacable, ni para bien ni para mal, pero al menos dejará migas en forma de reflexiones sociales por el camino. La empresa (nada fácil) que tendrá el público es la de recogerlas antes de que ese pájaro llamado olvido las arrebata con su largo y despiadado pico.

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