‘BARBARA’: La Magia del Cine sigue Intacta

Valoración: 4 Butacas sobre 5

Decía el maestro Jean- Luc Godard que todo lo que se necesita en una película es un arma y una mujer. Mathieu Amalric ha tomado buena nota de ello en gran parte de su filmografía, desde la muy interesante Wimbledon Stage hasta su último estreno, Barbara, la película que nos ocupa. En esta ocasión, la mujer es Jeanne Balibar y el arma su mágica voz. Con estos dos elementos principales, el cineasta francés, que aquí también es actor y co-escritor, hilvana un drama tan poético como potente, tan íntimo como emocionante. En definitiva, el mejor homenaje que se le podría hacer a Barbara, la mítica cantante francesa.

Estamos ante uno de los mejores ejemplos de cine dentro del cine que mis ojos hayan visto y uno de los mejores biopics (un subgénero que, he de reconocer, no es muy de mi agrado) que se hayan estrenado en los últimos años. Lo que mejor funciona a la hora de despegarse del clásico biopic es la acertada decisión de contar la historia de un director que está rodando una película biográfica de la artista. Así pues, la realidad y la ficción se confunden a lo largo del metraje, creando un juego divertido para el espectador e interesante para el autor y los actores, de entre los que destaca la mencionada Balibar, sobre la que gira toda la película, que nos regala una auténtica delicia, un incuestionable goce para paladares exigentes.

Su voz (o la de Barbara) impregna todo el film. El espectador que consiga entrar en esta atípica biografía, sin duda, se emocionará con sus canciones, con sus gestos, con la construcción perfecta que hace del personaje. Tan perfecta que cuesta distinguir la actriz de la cantante en las escenas donde vemos a la auténtica Barbara. Porque Balibar no hace de Barbara, es Barbara. Su actuación no es una actuación, es un camuflaje, es una segunda piel, es la propia existencia de un ser dentro de otro ser, la propia vida hecha vida; una vida llena de altibajos, de música, de teatros, de escenarios, de lágrimas, de sonrisas y de, en definitiva, momentos que quedarán en el recuerdo (y de algún que otro corazón) del espectador.

 

Por su parte, Amalric vuelve a demostrar su maestría, dejando claro, una vez más, que es uno de los artistas más completos del panorama francés y europeo. Son más que notorias las influencias y homenajes a sus compatriotas Godard, Truffaut, Rohmer y, sobre todo, Polanski. El ambiente, la fotografía y el espíritu de La Venus de las pieles están muy presentes en Barbara, lo que supone otra capa de deleite para los más apasionados amantes del cine francés. Amalric opta por una estética vintage propia de la Nouvelle Vague cuando el director al que interpreta rueda su propia película y un estilo más moderno y elegante cuando está mostrando la realidad fuera del rodaje, que no deja de ser ficción. O realidad, pues en algún momento que se me escapa de la memoria, la ficción deja de ser tal para convertirse en realidad filmada, pues en mi baúl de los sentimientos me resulta difícil encontrar alguno tan real y tan de mi talla que muchos de los vividos cuando visioné esta (o estas) película. El naturalismo y lo más poético se combinan para crear magia, una magia de la que nos costará desprendernos una vez acabada la proyección. Sus planos, las interpretaciones que vemos durante noventa y ocho minutos y, sobre todo, su música, nos acompañarán durante minutos, horas o hasta el fin de nuestra existencia. Eso dependerá de ustedes.

 

Pero, aunque emocionante, vibrante e inolvidable, siento decir que la película que nos atañe no es perfecta. Si bien la dirección de Mathieu Amalric y la interpretación de Jeanne Balibar son impecables, el guion no brilla tanto, dejándonos en algún momento la sensación de reiteración y de no saber a dónde quiere llegar todo el relato que se nos está contando. Pues ése es el pecado que podemos cometer cuando decidimos abordar la vida o una etapa de la vida de un personaje real: saber dónde empezar, pero no dónde terminar, más aún cuando no estamos ante el típico biopic de vida, mejores momentos y muerte de la persona a retratar. Aunque en realidad, aquí no importa mucho. Cuando llegamos a darnos cuenta de ese “error”, Barbara ya nos ha cautivado, ya nos ha atrapado en su magia, esa magia que nos descubrieron los hermanos Lumière y Georges Méliès y que cineastas como Mathieu Amalric mantienen intacta.