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¡Larga Vida a Wes!

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Valoración: 4 Butacas sobre 5

Señoras y señores, ¡ha vuelto! Ha vuelto uno de los más brillantes y respetados estandartes del cine independiente USA. Ha vuelto el mago de Houston, el maestro del color pastel, el especialista del humor seco, inteligente, efectivo e irónico a partes iguales. Ha vuelto uno de los cineastas que mejor ha entendido el concepto del cine, el que sabe aunar arte, estética y entretenimiento para atraer a todo tipo de público, sin excluir a nadie pero sin tratar al espectador como a un niño. ¿O sí? Porque cuando visionamos un film de Wes Anderson, tengamos la edad que tengamos, nos convertimos en niños durante dos horas. El director de Moonrise kingdom hace volar nuestra mente, nos hace imaginar lo improbable y soñar lo imposible. Hace que sus personajes, ya sean perros, zorros o boy scouts, formen parte de nuestra familia durante el tiempo que dura la cinta. Y siempre nos envuelve en su fantasía, consiguiendo que el aburrimiento nunca llegue a poner un sólo pie en la función.

E Isla de perros no iba a ser una excepción. Aquí Anderson vuelve a la técnica stop motion que tantas alegrías le dio (y nos dio) en Fantástico Señor Fox para situarnos en un Japón utópico donde todos los perros, infectados por un virus, son exiliados a una isla donde los caninos son los únicos habitantes. No tardará en aparecer un niño de 12 años para intentar encontrar a su perro desaparecido. Como en aquella película de 2009, la técnica dota de alma tanto a los personajes como a la propia cinta, haciendo de la “imperfección” su mejor baza. ¿Para qué queremos la pulcritud de la animación 3-D hecha exclusivamente en un ordenador si por el camino vamos a perder la autenticidad y el alma que sí tiene esta película (o las de la compañía Aardman o Laika) y no tantas y tantas que acaparan las salas (y la ceremonia de ciertos premiuchos) cada año? Isla de perros, queridos lectores, es cine de verdad, cine con humor inteligente (y no estúpido como nos tienen acostumbrados ciertas películas de animación y superhéroes) que trata al espectador como alguien que piensa y siente (aunque no siempre lo haga), que es capaz de entender un chiste o un chascarrillo sin caer en la simplicidad más rastrera; un humor que es constante durante sus 101 (dálmatas) minutos sin afectar en el ritmo ni la narrativa de la película, más bien reforzándolos y llevando el conjunto a cotas más altas (y amenas).

Los personajes, la mayoría perros, tienen cada uno su personalidad. El amigo Wes no ha caído en el error de homogeneizar, ni de manera total ni parcial, a sus criaturas. Así pues, nos presenta un amplio abanico de personajes e infinidad de posibilidades a la hora de identificarnos con alguno de ellos. Todos brillan y ninguno sobra. Como el resto de creaciones de Anderson, los perros que habitan en esta isla han cruzado el charco para instalarse en mi corazón. Supongo y espero que también lo hagan en el vuestro, estimada audiencia.

Podría hablar durante horas de esta nueva genialidad del maestro, pero me tengo que despedir, con toda la alegría que aún me inunda semanas después de visionar la película y con la esperanza y el aliento que nos otorga personas como Wes Anderson hacia el cine de animación. Porque con ejemplos como el de Isla de perros, el cine original y auténtico de animación en USA aún sigue vivo. Tampoco puedo irme sin felicitar al director estadounidense por su más que merecido Oso de Plata a mejor director en el Festival de Berlín por el largometraje que nos ocupa. ¡Larga vida a Wes!

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