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Entre el cielo y el infierno

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Veintidós años después de su interesantísimo debut cinematográfico (The Darien Gap, 1996), Brad Anderson ha estrenado su nueva película en la última edición de Sundance, el festival que le vio nacer. Se trata de El rehén (Beirut, 2018), una película de espías que vuelve a demostrar que, por mucho que pase el tiempo, a Anderson le siguen interesando contar historias humanas, rechazando cualquier atisbo de pirotecnia innecesaria propia de las películas de acción que copan la cartelera actual. Y es que Beirut no es una película de James Bond. Tampoco es Misión: Imposible. Aquí el director de Happy accidents narra acontecimientos de hoy con un realismo apabullante que hace que en más de una ocasión olvidemos que lo que estamos viendo es una película de ficción y creamos que estamos ante un documental o una cámara oculta. Brad Anderson, sin renunciar a la elegancia ni siquiera en un film tan “feo” como el que nos ocupa, introduce al espectador dentro de la historia, sin sacarnos de la ecuación en ningún momento. Así pues, sufriremos con el protagonista (Jon Hamm en el papel del diplomático y negociador Mason Skiles) cuando pierda en sus brazos a un ser querido, nos enamoraremos cuando él lo haga, viajaremos con él al mismísimo infierno y seremos sus ojos y su aliento en una ardua misión de intercambio de individuos donde habrá múltiples vidas en juego.

Además de hacernos partícipe del relato, Anderson demuestra su alta competencia a la hora de rodar escenas de acción cuando toca y su capacidad de mostrarnos el infierno de Beirut como si estuviéramos en él. Una pena que, teniendo todo esto a favor, el guion de Tony Gilroy no esté a la altura de una realización tan vertiginosa como la de su compañero. El director especialista en películas de espías y acción que dejó para el recuerdo (o más bien para el olvido) la insulsa Duplicity, la nada estimulante Michael Clayton y la peor película de la saga de Bourne (sin olvidarnos del libreto de la innecesaria Rogue one) , nos deja aquí un guion un tanto irregular, donde el interés suscitado en la primera secuencia es intermitente durante el resto de metraje, haciendo que el conjunto se nos antoje algo errático y más anecdótico que perenne.

Por su parte, el elenco encabezado por Jon Hamm brilla de la mejor manera que lo podría hacer: desde la naturalidad. Sin muchos aspavientos, nos creemos en todo momento que lo que vemos en pantalla no son personajes, sino personas reales con problemas reales, haciendo que la cinta destaque (al menos hasta lo que le deja el guion) sobre otras películas de espías más pendientes de la taquilla multitudinaria que de contar una historia cercana y creíble. Por su parte, la música acompaña de manera eficaz un montaje nada brusco en pos de ese acercamiento entre espectador y pantalla, aunque bien es cierto que no siempre consiguen que no nos evadamos en nuestros propios pensamientos, pues en reiteradas ocasiones, el guion se pierde en la palabrería más fútil y anodina. En definitiva, El rehén es una película de espías con los pies en el suelo que nos invita a formar parte de su viaje a los infiernos, aunque en más de una escena nos quedemos mirando a las nubes.

 

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