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‘El vicio del poder’: McKay vuelve al ruedo

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Valoración: 4 Butacas sobre 5

No sé si algunos os acordareis de aquella película que en el año 2015 entró en los Oscar casi sin enterarnos llamada La gran apuesta. Yo casi la había olvidado de mi memoria (gracias a dios), pero su director, Adam McKay ha vuelto a la carga. McKay es un director muy suyo, muy personal en ciertos aspectos y con un tono algo parecido al de David O. Russell (que, por otra parte, ya le gustaría a David O. Russell parecerse a Adam McKay). McKay nos vuelve a presentar una película que trata una parte de la historia americana desde un punto de vista muy particular en El vicio del poder.

En El vicio del poder, nuestro queridísimo Christian Bale se pone en la piel (y en la papada) de Dick Cheney. Seguro que ahora os estaréis preguntando quien es este señor de nombre tan particular. Pues es ni más ni menos que el vicepresidente de Estados Unidos durante el mandato de George W. Bush (considerado por muchos como el peor presidente de la historia del país), ahí es nada. McKay nos cuenta en la cinta la historia de este vice que pasó de ser un pueblerino casado que se dedicaba a beber en el bar a convertirse en una de las personas más poderosas del planeta, siempre manteniéndose al margen (tal vez por esto no sepáis quién es).

La película no te dará descanso en ningún momento. A pesar de tratar un tema tan complicado como la política y de tratarse de un biopic (más en clave de parodia), en ningún momento se te hace pesada. Es muy llevadera, muy ágil y, contra todo lo que se podría esperar de un biopic sobre un vicepresidente americano, es muy entretenida. El vicio del poder es todo lo que no te podrías esperar de una película de esta temática.

Y todo esto es por una simple característica que ya hemos mencionado en el párrafo anterior: la película no se toma en serio en ningún momento a sí misma, ni al personaje de Dick Cheney. Es una parodia muy autoconsciente y una comedia como poquitas hemos visto en los últimos años. Además, mi total desconocimiento de la historia de este señor me ayudó mucho a entrar en la película, no tener prejuicios y disfrutar de una historia interesante y que marcó el mundo de una manera impactante. Casi se puede sentir como un documental de Michael Moore incluso.

Adam McKay nos vuelve a regalar una historia que, si bien nos vuelve a tratar un tema con términos complejos y grandes explicaciones para los más tontos de la sala (como yo), podría haber sido un cuadro de Goya, pero no amigos, no lo ha sido. El guion es rompedor, la forma que tiene de contarte una historia como esta (utilizando recursos como la voz en off, ese narrador tan bien interpretado por Jesse Plemons o la ruptura de la cuarta pared) es escandalosamente asombrosa y la dirección de McKay vuelve a ser un trabajo de primera categoría, muy en el rollo en el que se suele mover el director.

Christian Bale está irreconocible en el papel del vicepresidente Cheney. Con esa papada que no sabes si es Gary Oldman haciendo de Churchill en El instante más oscuro o Anthony Hopkins en Hitchcock y otro cambio radical de peso a sus espaldas, el actor que un día hizo de Batman nos vuelve a sorprender con una interpretación que te puede hacer reír como te puede helar la sangre. El actor está magnifico en un papel que no es para nada olvidable y que tiene muchas papeletas para llevarse los grandes premios de esta temporada. Sí señores, Bale lo ha vuelto a hacer.

Y como complemento perfecto para Bale nos encontramos a una Amy Adams irreconocible, en el papel de la esposa de Bale. Y digo complemento por decir algo, porque Lynne Cheney no tiene nada que envidiarle a su marido. Adams logra un papel que brilla incluso estando en segundo plano, convirtiéndose en el pepito grillo del personaje de Bale y tomando el mando de la película en ciertas ocasiones. Sin duda, Adams es, junto con Bale, los que llevan la película hacia delante. Ojalá tuviese más reconocimiento, porque es una actriz muy talentosa y muy infravalorada.

Para concluir, podemos decir que El vicio del poder tiene una cosa en común con La gran apuesta: nadie apostaba por ella, pero ha conseguido dar el campanazo. La película de McKay se podría convertir fácilmente en una de las películas del año, gracias a una dirección que juega con la película como si fuese una montaña rusa de locuras y momentos para recordar, un Christian Bale absolutamente arrollador, y en la que Claudio Serrano vuelve a realizar un maravilloso trabajo poniendo voz a Bale; una Amy Adams tan talentosa y brillante como siempre, un guion excepcional y una historia que hará que busques en la Wikipedia el nombre de Dick Cheney nada más salir del cine. No se la pierdan.

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