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Valoración: 3´5 Butacas sobre 5

Tres años después del estreno de El hijo de Saúl, llega a nuestras pantallas Atardecer, la nueva película de László Nemes que nos adentra en la vida Irisz Leiter, una mujer que descubre tener un hermano de cuya existencia nunca supo y que, en su búsqueda, pasará por infinidad de penurias.

Como en su anterior éxito, la cámara de Nemes se mantiene siempre cercana a la protagonista, siguiendo todos sus movimientos y haciendo que el espectador se convierta en co-protagonista de la historia. De esta manera, el director húngaro hace que nos sumerjamos en el relato que nos quiere contar y que empaticemos con el personaje principal, que acapara todos los minutos del film. Así pues, sufriremos con ella cuando la atmósfera se torne caótica y oscura. Esto supone un acierto de cara al propósito de Nemes, que no es otro que el de fusionar hasta el límite la ficción vista en pantalla con el patio de butacas de los refinados y atrevidos cines que proyecten el film, pero la fórmula ya empleada en El hijo de Saúl y repetida en este nuevo trabajo no resulta ni tan justificable ni tan poderosa como en la cinta de 2015, pues el director que ganara el Gran Premio del Jurado y el FIPRESCI en la edición del Festival de Cannes de hace cuatro años ha caído en la misma trampa que el polaco Pawel Pawlikowski: no cambiar una ecuación que funciona por miedo a caer en la mediocridad. Lo que deberían aprender estos laureados artistas es que cada película tiene su narrativa, cada obra de arte habla o debe hablar por sí misma, cada relato tiene unos elementos que deben acompañar y obedecer a la historia a relatar. Y es que la realidad, nos guste o no admitirlo, es la siguiente: ni la fórmula de Ida (Pawel Pawlikowski, 2013) funciona tan bien en Cold war ni la de El hijo de Saúl funciona de manera tan efectiva en la película que nos ocupa. Ambas fórmulas tienen como objetivo crear una inmersión por parte del respetable que le haga sentir el sufrimiento/opresión de los personajes, pero ambas, en la reiteración, pierden, no sólo originalidad, también efectividad y razón de ser.

Aun así, a pesar de la falta de novedad en cuanto a narrativa se refiere, podemos decir que, aunque caiga en la misma irregularidad y caos de la plausible El hijo de Saúl y nos deje una primera mitad mucho más interesante que su segundo tramo, Atardecer es una gran película, un film importante, imprescindible para cualquier cinéfilo que se precie, pues en sus inmejorables planos secuencia, sus inquietantes escorzos, su impoluto vestuario, su imponente fotografía (elegante cuando debe y sucia cuando es menester) y la natural y creíble labor de todos sus actores (tanto la protagonista absoluta como los múltiples y diversos secundarios) radica la grandeza de un film tan apabullante en su forma como terrorífico en su fondo, pues si hay dos certezas que nos quedan tras su visionado es que las dos caras del Ser humano tienen tantos pliegues en su superficie como secretos en su interior y que Nemes sigue siendo Nemes.

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