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Valoración: 3 Butacas sobre 5

Es difícil recrear fielmente las épocas pasadas en la gran pantalla, aunque se trate de una década no tan lejana cómo los años ’80. En este caso, White Boy Rick lo consigue y con creces, presentando un disciplinado homenaje, de textura áspera y cruel, de unos años de violencia y corrupción en la ciudad de Detroit condensado en un drama basado en hechos reales.

 

La película nos cuenta la historia real del adolescente Richard Wershe Jr., conocido como “White Boy Rick”, que se convirtió en la década de los 80, a la edad de 14 años, en el informante infiltrado para el FBI más joven de la historia. El director Yann Demange nos presenta una autentica senda de dificultades y reveses, a través de una desestructurada familia en la cruda y dura ciudad de Detroit, dónde la violencia es la ley, la corrupción es la norma e infringir las leyes es necesario para llegar a vivir honradamente.

Se trata de una película con las mejores subtramas que cualquier cineasta puede soñar para un film de drama social: drogas, corrupción, traiciones, familias rotas y reconciliadas, dilemas morales y giros del destino que ofrecen segundas oportunidades a las personas. Por desgracia, la trama principal, aguda y serpentina, consigue pasar de puntillas sobre todas ellas para conseguir, por desgracia del habido espectador, llegar a un final sin el filtro de un verdadero y necesario gran climax. Un verdadero pero muy interesante maratón, lleno de dramáticos obstáculos, para que la trama llegue a una ansiada meta y pueda mirar en la lejanía a todas las subtramas que se han quedado lesionadas por la pista.

 

Sin duda, el punto fuerte de White Boy Rick es su elenco de actores. Un reparto que brilla durante todo el metraje y del que no hay ni un segundo que reprochar en toda historia. Desde la furiosa e insensata Jennifer Jason Leigh hasta el intenso pero comprensivo Richie Merritt. Destacar el estupendo papel de Matthew McConaughey, veterano de las historias con drama y un luchador frente a la cámara de las situaciones difíciles.

Añadir, además, la gran conexión que se genera entre personajes y público. Se enfatiza rápida y fácilmente con cada uno de ellos porque son profundos, son intensos y, por encima de todo, son humanos. No se conecta con ellos por compartir sus vivencias, sino porque son golpeados una y otra vez por la propia vida y por la necesidad de mejorar, un sentimiento que todos compartimos.

 

En conclusión, White Boy Rick nos presenta un drama tan potente que choca que ninguna de sus tramas llegue a profundizar realmente con el espectador. Con un reparto de lujo y una ambientación bien lograda, el espectador puede disfrutar de una historia que, si bien no supone una auténtica novedad cinematográfica, sí que ofrece un retrato con multitud de temas para debatir entre bastidores durante horas.

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