Tribunas de opinión

La semilla de la huida

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Irene Fernández-Sanz González

Nacemos entre brisa marina y pinares. Nos alimentamos de lo mejor de la tierra y el mar. Aprendemos de los mejores y de las mejores, nos nutrimos de sol y sal. Crecemos…

¡Cuán cierto es eso que dicen que “hacerse adulto es una trampa”!

Nuestra risa es a la vez nuestra propia desgracia que nos lleva a perdernos en el olvido del maldito “esto es lo que hay”.  Un olvido marcado por la desidia y la dejadez, por el acabar poniendo siempre la misma mejilla porque la otra está mejor como está.

Tenemos una capacidad infinita para normalizar las despedidas, las mediocridades y el mal hacer de los sedientos de nuestras oportunidades.

En este cansino recorrer el mismo círculo siempre me detengo en la casilla de salida y pienso ¿por qué? Por qué si somos casta de poderío, por qué si somos nobles de corazón, por qué si nuestra tierra nos ha dado lo mejor que podía darnos debemos sembrar sus frutos en casa de otra madre, por qué nuestra cultura es valorada y apreciada por todos menos por los que deben ponerla en alza.

¿Quién ha tramado semejante venganza contra nosotros para que hayamos llegado hasta este punto?  Odiamos nuestros bailes, nuestra música, nuestros cantes, nuestras calles, nuestros símbolos de identidad por los que somos reconocidos en medio mundo ¡nos odiamos sin piedad, Dios mío de mi alma! ¿Nadie más se da cuenta, nadie más comprende que nuestra falta de unión y de lucha común nos ha hecho bajar la cabeza y esperar al verdugo?

No podemos esperar al mesías señoras y señores, no podemos esperar un héroe que nos salve. No podemos porque la aplastante realidad es que no hay nadie con mejores cualidades y capacidades para hacer lo que se debe hacer mejor que nosotros mismos.

No existe mejor hacer si lo que se hace es con amor y, no sé vosotros, pero yo estoy harta ya del odio que nos infecta, estoy harta de que en El Puerto solo se siembren semillas destinadas a huir. Estoy harta de que nuestras artistas, nuestros ingenieros, nuestras arquitectas, nuestros músicos, nuestras actrices, nuestros médicos y un sinfín de los nuestros huyan, y no solo por la falta de oportunidades, sino por la falta de ganas que hay de que esto cambie. Por la falta de amor.

¡Portuenses! Dejemos a un lado esta relación amor-odio con la que convivimos en nuestra ciudad y apartemos las menudencias para centrarnos en lo que de verdad importa. No es fácil, pero qué tal si nos unimos hacia un bien común y dejamos de una maldita vez de premiar a los que nos ofrecen la píldora del egoísmo como la única cura. Empecemos a amarnos, a educar en el amor y a creer en nuestra valía.

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