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‘El libro de imágenes’: el (pen)último acto revolucionario de Godard

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Valoración 4,5 Butacas sobre 5

Enfrentarse a elaborar un texto sobre Jean-Luc Godard, uno de los artistas más referenciados y reverenciados del siglo XX y lo que llevamos del XXI da, más que pavor, vergüenza. Casi se siente una profanación convertir una obra como El libro de imágenes en algo tan mundano como el sujeto de una crítica escrita. Un texto más entre los que corresponden a los estrenos de la semana, negando cualquier particularidad a una película tan excepcional como esta. Una obra de arte, de museo para algunos, convertida en opción de cartelera. Ya está aquí el primer paso de la revolución godardiana.

Hecha esta pequeña presentación, toca atacar el miura. ¿Qué nos cuenta el responsable de Pierrot el loco en su más reciente creación? Difícil de concretar, quizá “contar” no sea el verbo adecuado. El libro de imágenes es la sofisticación definitiva del camino que Godard emprendió hace más de quince años, el del collage audiovisual (un camino que no es sino la última bifurcación de una trayectoria global contraria a cualquier estancamiento del arte cinematográfico).

 

Si se le quiere buscar una noción, más que un sentido, se intuye aquí un nuevo estudio sobre el poder de las imágenes, los significantes y los significados. También una reivindicación de Oriente y la cultura árabe. Y todo ello con la mirada puesta en la revolución desde el arte y desde la política (¿es acaso posible desligarlas?). Sirva de ejemplo la apuesta por la filmación digital, incluyendo iPhones, con los que Godard y Anne-Marie Miéville captaron gran parte del metraje original del filme. En una época en la que se liga la pureza cinematográfica a las ataduras formales y estéticas del pasado, también es un acto de revolución tratar de llevar la posibilidad democratizadora de las nuevas tecnologías a una película presuntamente “autoral” (término que el director de Nuestra música siempre ha deseado desterrar).

Es difícil añadir algo a lo que expone una mente como la de Godard, cuya lucidez resulta tan inusitada que despierta acusaciones de “impostor” y “viejo que chochea” allá por donde pasa. Sin embargo más vale no caer en este texto en el cinismo que el cineasta tan bien evita en todos sus estudios visuales. Pese a que en el fondo se perciba un regusto de amargura ante la pérdida de los últimos reductos de resistencia intelectual (y sobre todo humana), y especialmente ante la pérdida de una fuerza revolucionaria desde el arte, Godard siempre encuentra nuevos motivos para la esperanza. Y es en ellos en los que centra su atención. Desde el mencionado mundo árabe hasta incluso Cataluña.

Godard encierra todos estos entresijos en un mecanismo audiovisual fascinante. Divide la cinta en cinco episodios, si es que pueden definirse así. Cada uno, quizá o quizá no, corresponde a uno de los dedos de esa omnipresente mano que ejecuta el arte de rodar. Los noventa minutos de metraje son, al margen de ello, una celebración de la libertad formal y creativa. La disonancia entre imágenes, sonidos y subtítulos resulta sin duda chocante en primer momento, pero acaba convirtiéndose en un factor determinante para que cada espectador desarrolle una subjetividad propia con la que enfrentarse al desafío (en el mejor sentido de la palabra) aquí propuesto. Sin más, que cada uno asuma este fascinante reto. Este texto ya ha mancillado suficientemente una propuesta tan inconmensurable como esta. Porque una imagen vale más que mil palabras. Salvo si las pronuncia Godard.

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