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‘Beautiful Boy’: El drama idealizado

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Valoración: 3´5 Butacas sobre 5

En la celebrada Alabama Monroe, el cineasta belga Felix Van Groeningen caminaba en el alambre entre el drama pudoroso y la mirada flagrante e inmisericorde al sufrimiento de unos padres ante la enfermedad de su hija. El uso recurrente de la música bien podría haber decantado la balanza hacia el segundo lado, pero su empleo como elemento vehicular de la relación sentimental y emocional de estos, más que como regodeo en su sufrimiento, acababa resultando en un filme apasionado, pero también riguroso.

Con Beautiful Boy, Van Groeningen se enfrentaba a una problemática similar, con la dificultad añadida de encontrarse ahora engullido en la maquinaria hollywoodiense. La temática es similar a la de su obra más afamada, con ciertas variaciones. Aquí la mirada se detiene en la relación puramente paternofilial, y la enfermedad toma forma esta vez en la drogadicción. De nuevo, eso sí, Van Groeningen se detiene en la figura del progenitor (Steve Carell), en su manera de enfrentar la progresiva pérdida de un hijo (Timothée Chalamet). El director vuelve a salir airoso de una empresa igual o más compleja, pero es cierto que incide de forma más flagrante en las deficiencias habituales de muchas de estas historias.

 

El guion del propio Van Groeningen y Luke Davies (escritor de la mucho más manipuladora Lion) no se esfuerza en evitar los lugares comunes de los relatos de bajadas a los infiernos a causa de las drogas. Pero encuentra su razón de ser en la construcción y la destrucción de la relación entre padre e hijo. En la reiteración de la estructura del filme (recaída-salida-perdón-recaída), para muchos uno sus mayores escollos, Beautiful Boy da con una inesperada belleza: la de reflejar un amor incondicional empeñado en creer y perdonar. Porque la película, más que un alegato antidrogas, es la historia idealizada de un amor idealizado, a prueba de mentiras. Por mucho que Nic, el personaje al que interpreta un irregular Chalamet, se empeñe en destruir y destruirse, su padre se agarra a cualquier mínima esperanza de que su hijo esté regresando.

De nuevo la música tiene una enorme importancia para expresar este sentimiento. Aquí el country de Alabama Monroe se sustituye por grandes clásicos americanos que unen a padre e hijo. La utilización de la selección musical es indudablemente machacona y excesiva, y da pie a muchos de los momentos más vergonzantes del filme, pero también ayuda a construir ese nexo visceral que el padre se niega a aceptar como roto.

 

Para que el ya de por sí inestable equilibrio dramático de Beautiful Boy no desparrame es vital la labor de Steve Carell. Aunque como toda la película su interpretación tampoco es inmune a dejarse llevar por la emoción, el protagonista de Foxcatcher la controla la mayoría del tiempo y consigue transmitir desde la contención. Algo similar ocurre con Maura Tierney, que interpreta a su mujer y madrastra de Nic, si bien el guion se detiene mucho menos en ella. Lo mismo puede decirse de Amy Ryan, que cuenta con un breve papel como la madre biológica de Nic.

 

Es fácil entender que Beautiful Boy haya despertado tantas críticas, incluso escarnio. Se mueve constantemente en la frontera entre emoción genuina y burda manipulación, por lo que es lógico que según muchos la supere. Sin embargo, para otros quedará como un drama sensible a la par que pasional, aunque sea tan problemático como la relación entre padre e hijo que retrata. O precisamente por eso.

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