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‘El Gordo y el Flaco’: un regalo para los amantes del cine dentro de cine.

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Valoración: 4 Butacas sobre 5

No fue hasta que vi Los viajes de Sullivan -excelente película, por cierto- cuando, a partir de las desventuras que corre un director con el fin de realizar una película sobre la pobreza y la desgracia humana, me planteé seriamente la diferencia entre el cine como arte o como mero entretenimiento, pese a que una cosa no excluya a la otra. Aquella película es criticada de forma injusta por eso, aunque no comparto la opinión de los detractores. Si bien el cine es en gran parte espejo de la realidad, dedicado a fomentar valores y hacer crecer al espectador como persona, también sirve como medio de evasión para aquellos que están cansados de la rutina, insatisfechos por causas personales… Los años 20 finalizaron con el famoso “Crac del 29”, la mayor caída de la Bolsa en los Estados Unidos, seguida por una década en la que comenzarían la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. En este ambiente de desolación surgieron increíbles cineastas que, en gran parte, hicieron películas blandas, bonitas, que alejasen a las personas de esa realidad que no querían creer. Enormes humoristas -aunque deberíamos de llamarlos genios- nacen en el cine como Buster Keaton, Chaplin… Y ahí es donde entran Stan Laurel y Oliver Hardy. En alguna ocasión he mencionado que me encanta el cine clásico -es más, le estoy dedicando un artículo a una película clásica semanalmente- y estos titanes de la comedia son sin duda varios de los directores que más me han influido a la hora de amar el cine. En ocasiones buscas algo simple como El moderno Sherlock Holmes o una película bella y al mismo tiempo divertida como La quimera del oro, no necesariamente debemos de estar exclusivamente influidos por representaciones del drama humano. Stan y Ollie, probablemente la pareja más cómica de la época, fueron símbolo de todo esto aunque, como todo, las modas cambian y en plenos años 50 las cosas no les van tal y cómo le gustaría al dúo. Este es el punto de partida de la película, mostrándonos la gira que tuvieron que hacer a lo largo de distintos teatros de Inglaterra con el objetivo de financiar una película.

Si bien podría parecer algo monótono, la película no es “la aventura del Gordo y el Flaco a lo largo del mundo”, sino que se centra en cómo fueron ellos y su amistad, algo que sin duda sorprenderá a cualquier espectador. Ya desde los créditos iniciales tenemos un toque clásico que se prolongará a lo largo de la cinta, desde un telón que se abre hasta un plano secuencia a lo largo de los estudios de Hollywood, que recuerda a obras maestras como Cantando bajo la lluvia o, por poner algo más moderno, a ¡Ave Cesar!, de los hermanos Coen. Este regalo para los amantes del “cine dentro de cine” es seguido por un salto temporal y, a partir de entonces, la película concentrará todas sus fuerzas en contar una historia de amistad verdadera, lo cual le va como anillo al dedo y, sorprendentemente, funciona como un reloj suizo. Hacer bien un biopic no es tarea fácil, y más con unos personajes tan emblemáticos, pero el director y el guionista la tratan con mucho tacto y amor hacia los humoristas, tanto que, pese a que no seas un gran fan suyo, es muy probable que te sorprendas con los ojos humedecidos.

De John c. Reilly y Steve Coogan hay que destacar que están increíbles, se convierten en las personas que interpretan y nos olvidamos por completo de que son actores. Consiguen brillar en las escenas cómicas -muchas de ellas brillantes-, pero su verdadero logro es hacerlo también en las más enternecedoras, demostrando una increíble química entre ellos. A todo esto se suma una bella banda sonora y queda una película que, además de ser mas que notable, supone una verdadera sorpresa.

Es un regalo para los fans de la pareja protagonista, pero aún mejor es que pertenezca y se sienta como una de esas películas simpáticas, emotivas, cargadas de buenas intenciones… perfectas para desconectar y disfrutar. Es una de las de antes.

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