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‘Maya’: los ladrillos de Mia Hansen-Løve

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Valoración: 3´5 Butacas sobre 5

Más de dos años después de El porvenir, la cineasta francesa Mia Hansen-Løve regresa a nuestros cines con Maya, una historia de amor que se cuece a fuego lento y huye de los convencionalismos propios de otro tipo de cintas donde los protagonistas se enamoran en los primeros compases de la historia. Aquí, Hansen-løve no se limita a copiar los esquemas de esos relatos creados a golpe de diálogos absurdos y relaciones basadas en el físico de los personajes que solemos ver en tantos filmes románticos que nos llegan del otro lado del charco, sino que, fiel a su propia visión y su peculiar estilo, construye, ladrillo a ladrillo, un cuento vital, un viaje físico y sobre todo emocional que hará que sus protagonistas cambien su perspectiva frente al mundo a medida que avanza el metraje.

Así pues, Gabriel, un periodista francés liberado de su cautiverio en Siria, viajará a la India para reencontrarse con sus orígenes y consigo mismo y, en su estancia en Goa, conocerá su destino, un destino que pasará por reestructurar su propia vida y entender su relación con Maya, una joven que representa la unión del  pasado y el futuro de Gabriel, que, en un ejercicio de introspección, verá cómo se tambalea su propio mundo.

 

Para narrar esta historia, Hansen-Løve cuenta, principalmente, con dos actores: Roman Kolinka en el papel de Gabriel y Aarshi Banerjee encarnando a Maya. El primero, que nunca se ha caracterizado por su expresividad, ya le hemos visto en anteriores trabajos de la directora de Todo está perdonado (Tout est pardonné, 2007). Si en Eden: lost in music se mimetizaba entre tanto joven fiestero y en El porvenir compartía pantalla con la veterana Isabelle Huppert en otro drama humano, en Maya toma la responsabilidad de protagonizar la mayoría de secuencias del film. Tal vez esta decisión, teniendo en cuenta las limitaciones interpretativas de Kolinka,  no haya sido la mejor que haya tomado Mia en su carrera, pues el film que nos ocupa es una película emocional donde las miradas y los gestos son la base del relato.

En contraposición, la que sí ha sido una buena decisión es la incursión en la cinta de la debutante Aarshi Banerjee. Su mirada desprende luz, su rostro irradia vitalidad y su presencia le da fuerza a un conjunto que, en consonancia con las últimas obras de la cineasta francesa, se nos presenta un tanto fría y aséptica pese a tratar un tema tan íntimo y teóricamente pasional como el de las relaciones humanas. Si a esto le añadimos que, como ya pasara en Eden, la duración del conjunto carece de proporción con respecto a su narración y que la química entre los protagonistas no tiene la potencia deseable (aunque la suficiente para hacer creíble la historia), lo que nos queda es un film ciertamente irregular que dejará un poso agridulce en el espectador.

 

Aun así, a su favor hay que decir que su fotografía, tan bella como cálida (en contraste con la frialdad de gran parte de la propuesta) hace grande el conjunto, así como el tino que ha acompañado al equipo de localización en los hermosos paisajes de Goa y la siempre interesante dirección de Mia Hansen-Løve, que, al margen de las modas implementadas en los últimos tiempos dentro del cine de autor francés que tienen como bandera un discurso social que ya parece obligatorio, mantiene su fidelidad hacia su estilo, tan libre en su espíritu como barroco en su forma. Tal vez los densos ladrillos con los que cimenta su cine sean para muchos espectadores eso, ladrillos, pero mientras mantenga su libertad, la cineasta parisina seguirá haciendo bueno el dicho (jugando con la propia palabra) “ladran, luego cabalgamos”.

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