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‘Leto’: El musical desatado

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Valoración: 4´5 Butacas sobre 5

Encorsetado por el acartonamiento y la preponderancia de un modelo hegemónico, lo cierto es que el eclecticismo del musical es mucho mayor de lo que podría parecer. Y no solo por las evidentes transformaciones que el cine ha experimentado desde las lejanas El cantor de jazz o La melodía de Broadway a la referencial y nostálgica La La Land. También porque el musical existe mucho más allá de un Hollywood en el que directores como Robert Wise, Gene Kelly o Vincente Minnelli lo fueron reinventando durante la segunda mitad de siglo. De los diálogos cantados en Los paraguas de Cherburgo de Jacques Demy a la disección folclórica que Carlos Saura emprendió con El amor brujo, es al igual que otros géneros un campo abierto en el que no todo está dicho. Desde Rusia (tras pasar por los festivales de Cannes y San Sebastián) llega para demostrarlo Leto, un musical sin miedo a ser diferente.

La película viaja por la incipiente escena del rock ruso en los 80’ a través de un recorrido bastante libre por la trayectoria del grupo Kinó y otros músicos del momento. Al mismo tiempo desarrolla el particular romance a tres bandas entre Viktor Tsoï, el talentoso líder de Kinó; Mike Naumenko, un músico de perfil más bajo que admira a Viktor; y Natasha Vassilievana, inspiradora de la película con un libro en el que desgranaba esta compleja relación.

 

En Leto, el director ruso Kirill Serebrennikov continúa desarrollando su particular estilo visual. Como en su trabajo previo, The Student, apuesta por un estilo visual arriesgado y llamativo caracterizado por las imágenes sobreimpresionadas. Sin embargo, en su obra anterior se presentaban de manera mucho más frívola, en forma de citas bíblicas para remarcar la radicalización religiosa del protagonista. Todo lo contrario sucede aquí, donde la imaginería de Serebrennikov se amolda perfectamente al tono de la película y a esa celebración de la música y la libertad que es Leto.

Una reivindicación que no es ninguna casualidad, ya que el cineasta ha pasado largo tiempo bajo arresto domiciliario y sigue sin poder abandonar Rusia. Las autoridades del país le vinculan a un caso de corrupción que afecta a una compañía artística que dirige, aunque él alega que es víctima de la represión del gobierno ruso.

 

Volviendo al filme en cuestión, los pequeños “videoclips” son los momentos más memorables de la película, y están plenamente justificados al marcar los puntos más importantes para la historia y los protagonistas. Serebrennikov se atreve con versiones muy particulares de exitazos de Iggy Pop, Lou Reed o Talking Heads (que ya dejaron alto el pabellón de energía musical desaforada con su impresionante docu-concierto Stop Making Sense). Unas escenas memorables que pausan e impulsan  el filme al estilo de la monumental Cabaret. Y que reinterpretan y redefinen grandes exitazos musicales como ya hiciera la icónica Moulin Rouge! de Baz Luhrmann.

 

Pero Leto sabe encontrar su sitio personal en el musical contemporáneo. Y no solo por su retrato de la idiosincrasia de una Rusia que se debate entre el pasado y la mirada al futuro. O por su preciosista fotografía en blanco y negro, cuyo contraste con la desatada apuesta visual de Serebrennikov no hace sino impulsar ambos aspectos. La principal novedad de la película es su interés por evitar el dramatismo exacerbado que tanto caracteriza este tipo de propuestas.

 

En Leto los triángulos amorosos no son excusas para que los personajes sufran y se tiren los trastos a la cabeza, solo es un aspecto más que nos muestra la complejidad de un grupo de jóvenes que quiere escapar del lado más reaccionario de la sociedad. Ya era hora de que los músicos en el cine dejasen de comportarse como niñatos. Para eso ya está Serebrennikov, que disfruta como un crío creando unas escenas desatadas, pero siendo perfectamente consciente de lo que está haciendo. Libertad formal para celebrar la libertad total.

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