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‘Lejos de Praga’: Memorias envasadas al vacío

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Valoración: 3 Butacas sobre 5

El director checo Jan Sverák consiguió un gran éxito internacional, Oscar incluido, con Kolya. Una película vertebrada por mirada infantil y el sentimentalismo. Lo mismo puede decirse de Lejos de Praga, que añade a la narración un tercer elemento clave: la nostalgia y la añoranza de una época pasada. En concreto la de la Checoslovaquia ocupada por el nazismo. Un tiempo, según lo dibuja Sverák, convulso, pero también más sencillo y quizá más feliz que el actual.

 

La cinta sigue en concreto a un niño que se ve obligado a abandonar Praga junto a sus padres para trasladarse a un pequeño pueblo checo, en el que conocerá a toda su familia y hará nuevos amigos. Una trama en absoluto novedosa, lo que por otro lado no tiene por qué ser un problema.

Más conflictivo en cambio es el discurso de Lejos de Praga. En primer lugar, por el cada vez más anticuado mensaje de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Por otro lado por la contradicción que crea en el espectador que Sverák mantenga esa postura mientras presenta un filme tan alejado del sabor añejo. La película sufre muchos de los males que afectan al cine moderno: una fotografía digital televisiva e impersonal, un montaje acelerado o una planificación de las escenas tremendamente poco estimulante.

 

La sensación que deja Lejos de Praga es la de una película que busca desesperadamente conmover al espectador, incluso cuando la historia se muestra incapaz de conseguirlo. El niño protagonista no consigue transmitir como otros pequeños a los que hemos visto comerse la pantalla, y más que personajes el guion de los hermanos Svérak crea estereotipos vivientes.

La película encuentra sus mayores virtudes y sus momentos más destacables cuando se aleja de las tramas familiares y apuesta por acercarse a las primeras amistades infantiles. El mecanismo no deja de parecer forzado y poco justificado, pero al menos se aprecia una cierta sinceridad en el dibujo de un grupo de amigos obsesionados con lo militar y con la camaradería.

 

Lejos de Praga es en definitiva una cinta plana y complaciente, conservadora tanto en su discurso como en su apuesta formal. Puede verse con gusto y agrado, pero en todo momento se aprecia que es un intento artificial de retratar algo tan genuino y pasional como la infancia.

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