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‘El Hijo’: Superman es malo y está muy enfadado

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Valoración: 3 Butacas sobre 5

¿Qué pasaría si un bebé extraterrestre con poderes sobrehumanos fuese criado por un matrimonio estadounidense, pero en vez de convertirse en un héroe resultase ser la mayor amenaza que ha conocido nuestro planeta? Esta es la interesante premisa de Brightburn (o El Hijo, como ha sido titulada en España): una terrorífica revisión de la historia de Superman que lleva las películas de superhéroes al terreno del slasher más salvaje.

Por desgracia, subvertir un tópico tan conocido entraña un riesgo a caer en lo predecible al que El Hijo no es capaz de sobreponerse durante buena parte de su metraje. Es el clásico síndrome de la historia de orígenes: nuestro conocimiento previo sobre el personaje dice tanto sobre el argumento que el espectador necesita un extra para mantener la atención en la pantalla. En este caso, y pese a tratarse de una parodia (o más bien porque es una parodia), el primer acto de la película tendría que haber sido mucho más rompedor y gamberro para que todo cuanto sabemos de la infancia de Clark Kent no jugase en su contra; al no ser así, lo que se genera es una sensación de rutina que debe ser superada de manera forzosa hasta llegar (por fin) al clímax.

La parte positiva es que, en cuanto se alcanza el esperado punto en que Superman pasa a ser La Profecía, El Hijo se vuelve muy disfrutable. Los momentos de tensión no defraudan, los efectos especiales aguantan el tipo pese al ajustado presupuesto y las escenas en las que el pequeño Brandon hace gala de sus poderes no dejan lugar a duda de por qué en EE. UU. la película recibió una clasificación R. Es, en definitiva, todo un festival para amantes del terror más directo y gamberro disfrazado de uno de esos números especiales de cómic que jugaban con historias alternativas de nuestros personajes favoritos.

Porque sí: Brandon Breyer, Brightburn, tiene potencial para convertirse en un personaje de referencia si los productores se deciden a ampliar su universo sin las ataduras autoimpuestas de tener que explicar su origen. En una era en la que las películas de superhéroes dominan el cine comercial, hay algo extrañamente catártico en contemplar a un villano (no un antihéroe, ni a un antagonista redimido: a un auténtico villano) asumir el protagonismo de una historia. Es por eso por lo que, aunque el desarrollo psicológico del niño en su transición de inocente a monstruo apenas está esbozada y el inicio podría haber sido mucho más dinámico, el conjunto acaba funcionando. No es perfecta, pero cumple con su cometido y supone un soplo de aire fresco dentro del género.

 

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