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‘KIN’: la originalidad no lo es todo

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Valoración: 2,5 Butacas sobre 5

Hay etiquetas que hacen mucho daño a las cintas que las reciben. Ocurre, por ejemplo, cuando la publicidad se empeña en vender como película de terror palomitera lo que en realidad es cine de autor, o cuando escribir la palabra “superhéroe” en una sinopsis devora cualquier posibilidad de esperar algo atrevido para buena parte del público. De entrada, Kin sufre un problema similar: se trata de una película de ciencia ficción, sí, pero los elementos que justifican su adscripción al género son tan accesorios para la trama principal y están tan concentrados al final del metraje que las expectativas del espectador pueden jugarle una muy mala pasada.

Pese a lo que el poster o las imágenes promocionales puedan sugerir, Kin es más bien un drama con dosis de acción. Lo malo es que, desde el momento en el que el joven Eli Solinski tropieza con lo que parece ser una muestra de tecnología muy superior a la actual (quizá un arma extraterrestre, o como mínimo proveniente del futuro), uno se pasa cada minuto esperando que termine de despegar una subtrama que queda relegada a servir como alivio cómico y deus ex machina ocasional de la historia del protagonista y su disfuncional familia.

El final abre un sinfín de posibilidades para explorar lo que promete ser un universo de lo más interesante, pero ese atisbo de originalidad llega demasiado tarde. Para entonces ya se ha tenido que digerir un guion bastante irregular en el que personajes unidimensionales o demasiado vistos como para despertar empatía se enfrentan a unas circunstancias que oscilan entre lo trágico y lo absolutamente evitable. Tan solo el buen hacer del elenco (que hace lo que puede con el material impuesto) y unos efectos especiales muy convincentes permiten salvar de la quema tres cuartas partes del film en las que el ritmo tampoco favorece a la historia que se intenta contar (sea cual sea).

Dicho esto, es justo admitir que ese final eleva lo que de otro modo habría sido un producto muy difícil de defender. Quizá el medio no haya sido el más adecuado (el formato serie habría ayudado a paliar muchos de los defectos de la película), pero si los productores se deciden a darle otra oportunidad a Kin y convertirla en una saga, la segunda parte puede partir de una posición inmejorable.

 

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