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El Cuento de las Comadrejas: “¿por qué no darle la calificación perfecta?”

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El cine es un arte que disfruta de la autorreferencia, una característica que ha sido aprovechada por algunos de los grandes directores de todos los tiempos, como Federico Fellini, Martin Scorsese y Giuseppe Tornatore. Ahora Juan José Campanella se integra a la lista con El cuento de las comadrejas, remake de Los muchachos de antes no usaban arsénico (1976) y que marca su regreso a la acción real luego de diez años de ausencia.

La cinta gira alrededor de cuatro veteranos del cine –una pareja de actores, un guionista y un director– unidos por una vieja amistad, pero aquejados por la monotonía, el hastío y el recuerdo de sus viejas glorias. Su rutina cambia abruptamente con la llegada de dos jóvenes, lo que dará inicio a un juego de poder dominado por la manipulación, la astucia y el engaño.

A diferencia de otras películas que abordan profesiones directamente relacionadas con la industria, Campanella nunca tiene la intención de realizar un homenaje al séptimo arte. En su lugar, el cineasta aprovecha sus propiedades metanarrativas para capturar la pasión que domina a los grandes involucrados en esta industria, así como para demostrar que ésta bien podría ser la expresión audiovisual que más se acerca a la vida misma.

Como ya es una costumbre en la obra del cineasta, el filme cuenta con un reparto de primer nivel encabezado por los veteranos Graciela Borges, Oscar Martínez, Marcos Mundstock y Luis Brandoni, cuya experiencia es fundamental para capturar la turbulenta amistad del cuarteto principal. El reparto es complementado por Clara Lago y Nicolás Francella, quienes realizan una labor destacada como los usurpadores de la tranquilidad.

No menos interesante es el dominio con el que el director deambula libremente por géneros como el drama, la comedia y el cine negro. Esto resulta en un filme al más puro estilo del Hollywood clásico, con tintes que enorgullecerían a leyendas como Alfred Hitchcock o Billy Wilder.

Todo esto resulta en una cinta que puede parecer sencilla, cuando realmente goza de una gran complejidad que permite numerosas lecturas: el cine como forma de vida; el conflicto entre vejez y juventud; el desgaste de las relaciones humanas, siendo este último uno de los más recurrentes en la obra de su director.

Con una película así, ¿por qué no darle la calificación perfecta? Campanella hace un gran uso del suspenso que implica duelos directos de actuación, giros argumentales e incluso juegos con elementos técnicos que buscan romper la cuarta pared. Esto también incluye ser predecible durante buena parte del primer acto, con pistas y clichés exagerados que, aunque deliberados, pueden resultar excesivos para algunos. A esto sumemos que todos conocemos su enorme calidad y aunque se trata de una gran película, El cuento de las comadrejas no llega a lo hecho en su obra maestra: El secreto de sus ojos (2009).

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