‘Ídolos’ La hermana “menor” y española de F1

Ídolos puede interpretarse como el intento del cine español de replicar el reciente éxito de F1: La película, protagonizada por Brad Pitt. Sin embargo, sería injusto hablar de copia o de inspiración directa, especialmente teniendo en cuenta el escaso margen temporal entre ambos estrenos —apenas medio año—, lo que hace inviable cualquier tipo de mimetismo consciente. Aun así, una vez vista, resulta inevitable percibirla como una suerte de “hermana menor”, no solo por ambición, sino también por presupuesto (aproximadamente 200 millones menos). Conviene recordar, no obstante, que F1 tampoco destacaba por su originalidad, apoyándose en una fórmula clásica del cine deportivo, con referentes claros como Días de trueno o Top Gun. Ídolos asume sin complejos ese mismo esquema, y el resultado es más satisfactorio de lo esperado.

La película nos presenta a Edu, un joven piloto de motociclismo marcado por su agresividad en pista, lo que le ha cerrado las puertas de los equipos. La oportunidad llega a través de Eli, jefe del Aspar Team en Moto2, con una condición clave: que su padre, Antonio Belardi, sea su entrenador. Antonio es un expiloto retirado tras una tragedia que marcó su carrera. El conflicto paterno-filial se convierte en el eje emocional del relato, acompañado de una subtrama romántica que surge con la aparición de Luna, una joven tatuadora.

El principal objetivo de Ídolos es entretener, y durante sus dos horas de metraje lo consigue con eficacia. La película va directa al grano, introduce una historia de amor secundaria sin desviar el foco y evita perderse en tonos ajenos a su naturaleza. Aunque coquetea con códigos del cine juvenil, nunca olvida que es, ante todo, una película deportiva centrada en el motociclismo.

Gracias a ello, el ritmo se mantiene constante y sólido. El guion está repleto de tópicos, hasta el punto de que sus personajes podrían intercambiarse con los de F1 sin dificultad, pero funciona precisamente por su sencillez. El espectador sabe desde el inicio cómo acabará la historia, pero la falta de pretensiones juega claramente a su favor. Ídolos sabe lo que es y no intenta engañar a nadie. Quien busque algo distinto, probablemente se haya equivocado de sala.

En el apartado técnico, la puesta en escena demuestra inteligencia pese a las limitaciones presupuestarias. Las escenas de carrera están bien resueltas y destacan por un diseño sonoro muy contundente, quizá excesivo en algunos momentos. El montaje presenta ciertas irregularidades, especialmente en los diálogos, pero consigue mantener el pulso narrativo. Se agradece, además, el uso moderado de efectos digitales, apostando por una sensación más física en la acción.

Las interpretaciones cumplen con corrección, aunque destaca especialmente Ana Mena, que logra dignificar un personaje secundario aportándole naturalidad y presencia.

En definitiva, Ídolos es un entretenimiento honesto, directo y eficaz, que cumple su función sin falsas promesas. No reinventa el género ni lo pretende, del mismo modo que tampoco lo hacía F1: La película. Se trata de una versión más modesta, trasladada al motociclismo, pero igualmente funcional. Si una película logra entretener incluso cuando el deporte que retrata resulta indiferente, su objetivo está más que cumplido.

‘Return to Silent Hill’: Un regreso fallido

1’5 Butacas de 5

Recuerdo allá por 2006, cuando se estrenó en los cines la adaptación cinematográfica de uno de los videojuegos de terror más famosos de la historia: Silent Hill. Hay pocas adaptaciones que hayan cumplido las expectativas respecto a su videojuego, pero esta producción lo cambió todo, siendo considerada por muchos (incluido yo) la mejor adaptación que se ha hecho para el cine de un videojuego.

Su director, Christopher Gans, que venía de realizar la estupenda El pacto de los lobos, conseguía recrear la atmósfera de terror a la perfección y, pese a sus irregularidades (que las tenía), lograba trasladar ese infierno del juego de manera maravillosa, basándose sobre todo en la creación de atmósferas. Tras una secuela que es mejor olvidar (Silent Hill: Revelation 3D), Christopher Gans vuelve ahora a tomar las riendas del proyecto con Return to Silent Hill (que, al parecer, se basa en el último videojuego), con la esperanza de recuperar el espíritu conseguido en la primera película… pues he de deciros que el objetivo no se ha cumplido.

Return to Silent Hill trae de vuelta a la gran pantalla la icónica franquicia de terror. James recibe una misteriosa carta de su amor perdido, Mary, lo que lo impulsa a regresar a Silent Hill, un pueblo que antes le era familiar y que ahora está sumido en la oscuridad. Mientras la busca, James se enfrenta a criaturas monstruosas y desentraña una aterradora verdad que lo llevará al límite de su cordura.

Durante la primera media hora de Return to Silent Hill tenía la mera esperanza de revivir esa experiencia opresiva y malsana que ofrecía su primera adaptación. Y es que la puesta en escena de Christopher Gans aprovecha el escenario todo lo que puede, algo que se nota especialmente en este primer bloque, a través de un diseño de producción espléndido y una atmósfera que consigue recrear ese pueblo infernal a la perfección (como en la escena de la primera alarma), haciéndonos sentir como si estuviéramos en el mismo infierno o dentro de una pesadilla.

Pero a partir de aquí vienen los problemas. No he jugado a la última aportación del videojuego y, por lo que he leído, la película resulta bastante fiel en su argumento; sin embargo, el problema es que, además de predecible (todo se ve venir desde lejos), resulta aburrida. Y digo aburrida porque el esquema narrativo termina agotando al espectador, rompiendo tanto el ritmo interno como la atmósfera de terror, con flashbacks constantes que avanzan como si se tratara de un videojuego. El problema es que no estamos ante un videojuego, y esa estructura no funciona en el lenguaje cinematográfico: rompe la tensión y desactiva cualquier atisbo de inquietud.

El eje dramático de la película se centra en los demonios internos de su protagonista, un planteamiento potencialmente interesante, pero mal desarrollado. El problema no parece residir tanto en la dirección como en un guion poco interesado en profundizar en sus personajes, cuando precisamente eso es lo que busca el film. Y no lo consigue. El drama de James apenas genera implicación emocional, lastrado por una acumulación de tópicos y una narración esquemática que termina por diluir por completo el efecto terrorífico.

A ello se suma un reparto poco inspirado, con interpretaciones pobres y un casting errático que no consigue dar solidez a los personajes. Si no contribuyen ni el guion ni las interpretaciones, el espectador acaba desconectando de lo que sucede en pantalla.

En definitiva, Return to Silent Hill es un intento fallido de Christopher Gans por recuperar el espíritu de su primera adaptación. Por momentos parece rozarlo, pero por desgracia es solo un espejismo. Ya sea por limitaciones presupuestarias o por falta de ambición, esta nueva incursión en el universo Silent Hill se queda en una propuesta plana, aburrida y, en ocasiones, cargante. El diseño de criaturas puede despertar cierto interés, pero la película se pierde al centrarse en unos demonios internos que, tristemente, importan muy poco.