‘Los Aitas’: Cobeaga derriba el muro de la paternidad ausente

3’5 Butacas de 5

Por algún motivo para el que todavía no se ha encontrado explicación, a las personas les encanta volver la mirada al pasado. Una pulsión primitiva que pretende aferrarse a momentos que tan solo perduran en el recuerdo (y en los archivos). El problema de los recuerdos es que, a pesar de que están basados en hechos reales, vienen sazonados con montones de melancolía. La frase: “Antes las cosas eran mejor que ahora” no viene de otro lugar que el de una persona que idealiza un pasado que nunca fue como lo recuerda. El cine es la disciplina artística que mejor sabe reflejar lo anterior. Un medio capaz de traer de vuelta a toda una generación durante hora y media. Los Aitas es el nuevo trabajo de Borja Cobeaga. El director vasco vuelve la mirada a unos años ochenta cargados de padres ausentes.

En la periferia obrera del Bilbao de finales de los 80, un equipo infantil de gimnasia rítmica tiene la oportunidad de participar en un campeonato en Berlín. Ante la imposibilidad de que las madres acompañen a sus hijas, la tarea recaerá en los padres, que no parecen muy interesados en el viaje, ni en ese deporte, ni incluso en sus propias hijas.

Los Aitas es una comedia ligera que recuerda a Little Miss Sunshine, donde un viaje en autobús de camino a una competición sirve para que unos padres descubran a sus hijas. La película es fresca y entretenida, consigue sacar unas cuantas sonrisas y se pasa volando, pero esto es irregular. Borja Cobeaga lo intenta y, por momentos, le sale, consiguiendo que la película se eleve. Sin embargo, tras hacerlo cae en valles, lugares comunes y momentos demasiado artificiales.

El reparto está muy bien, los padres funcionan, cada uno en su registro, siendo el más flojo Juan Diego Botto. Las niñas también están espléndidas, algo importante en este tipo de películas. Sin embargo, el espectador se queda con la sensación de que la película podría haber apretado mucho más las tuercas de unos personajes demasiado cómodos. No da la sensación de que se estén jugando nada, ni siquiera el aprecio de sus hijas.

Los aitas es una buena comedia. Un producto que funciona y trae de vuelta esos ochenta tan añorados por tanta gente. Cobeaga acierta al darle cierta importancia simbólica al momento histórico que enmarca la película, pues con ella consigue derribar el muro de la paternidad ausente.

‘La Niña de la Cabra’: el monte siempre tira a las emociones

4 Butacas de 5

Cuando Ana Asensio escuchó aquello de que la cabra siempre tira al monte decidió refugiarse por completo en la cumbre artística más hermosa: el cine. Contar historias, interpretarlas, narrarlas y poder construirlas le ha permitido seguir jugando como una niña feliz mientras expone en su cine algunas de las circunstancias oscuras y luminosas del ser humano.

Tras darnos desgarrarnos el alma con Most Beatiful Island en 2017, la directora y actriz regresa con una producción amable, tierna y cargada de una dulzura que se refleja en los rostros de sus dos jóvenes protagonistas.

‘La Niña de la Cabra’ es un canto generacional de amistad a la ruptura de las tradiciones que han sido impuestas por nuestros padres a lo largo de los años. El choque cultural entre las formas de educar, enseñar y pretender que sean las cosas sin abrir los ojos ante lo que tienen delante: una niña con ganas de jugar y ser libre.

El largometraje nos sitúa en el Madrid de 1988, lugar en el que descubrimos los ojos de Elena, una niña risueña que afronta la pérdida de su abuela, su mayor confidente y quien mejor la entiende. La incomprensión del mundo que la rodea, la falta de comunicación de sus padres hacia ella y los estigmas impuestos por la religión son los baches que se topa en el camino de una joven que pretende ser libre y explorar la vida con la ilusión de una simple niña.

Alessandra González (Elena) está fantástica como nuestra intrépida protagonista. Sus ojos reflejan la dulzura y ternura de una historia hecha con el alma de una cineasta que expone las inseguridades y miedos de la infancia en un mundo que debe prestar más atención a la nobleza de los más pequeños.

La vida de Elena cambia por completo cuando descubre a Serezade, una niña que acude por las mañanas al barrio de Elena junto a su cabra mientras sus padres trata de salir hacia delante a través de la música de un organillo. Las dos pequeñas poseen una química enorme demostrando que en la sencillez y naturalidad de las historias se tocan teclas mucho más emocionantes.

Junto a las dos protagonistas destacan en el reparto Lorena López, Javier Pereira, Enrique Villén y Gloria Muñoz como los adultos de una obra que encandila por completo.

La imposición del bien y el mal a través de la iglesia y sociedad, las metáforas audiovisuales además de los silencios y miradas son parte fundamental de una historia que atrapa al completo gracias a la nobleza de una cineasta que ha construido una de las películas más tiernas del año.