‘El Anfitrión’: Los problemas de ser rico

3 Butacas de 5

El actor Willem Dafoe no tiene que demostrar nada a estas alturas de su vida. Ha demostrado durante toda su carrera ser uno de los actores más polivalentes del panorama actual, con una versatilidad de la que pocos actores pueden presumir hoy en día, manejando todo tipo de géneros (la verdad es que ha hecho de todo) con una determinación aplastante y una presencia magnética. Además, es de esos actores capaces tanto de meterse en una superproducción como de compaginarla con una producción mucho más independiente. Ahora nos llega su última película como actor principal, una producción griega cuyo director es el español Miguel Ángel Jiménez y en cuyo reparto también podemos encontrar rostros como los de Emma Suárez o Carlos Cuevas. Una propuesta, desde luego, interesante, cuyo resultado es cuanto menos curioso.

Un poderoso empresario griego celebra el 25.º aniversario de su hija en su isla privada. Una serie de eventos inesperados amenaza su imperio y sacude los cimientos de su existencia.

Hay algo en El anfitrión que te impide apartar la vista de la pantalla: la expectativa de una tragedia que está por acontecer, una bomba de relojería a punto de explotar. Y en eso hay que mencionar que su director, Miguel Ángel Jiménez, lo rodea de una puesta en escena bastante cuidada, aprovechando, especialmente en el apartado fotográfico, la isla en la que acontece el proyecto. Sobre todo porque aporta momentos en los que el espectador queda embelesado ante lo que acontece en pantalla… aunque quizás lo que acontezca no sea tan relevante.

Y es que aquí sí tengo que decir que es en la narración donde el film tropieza. A veces da la sensación de que la cinta pierde demasiado tiempo en presentaciones de personajes que aportan poco o nada al entramado principal, dando la impresión de que avanza a trompicones, con picos muy agudos de interés. Deja demasiado tiempo aparcados los conflictos principales para crear expectativa y, en ocasiones, se torna algo cansina, porque reitera mucho algo que ya vemos y conocemos, o por lo menos intuimos, como espectadores.

Pero, como dije antes, uno queda embelesado especialmente por un Willem Dafoe que está, como viene siendo habitual, impecable. Él lleva sobre los hombros casi todo el peso de la película, y todo su apartado gestual, corporal y textual brilla cada vez que aparece en pantalla. Es más, se come a cualquier compañero de reparto, incluida una más que correcta Emma Suárez y una estupenda Victoria Carmen Sonne. Él roba cada plano del film con su presencia, y el director lo sabe y lo aprovecha enteramente para que la película quede a su disposición.

Por lo demás, el film peca de quedarse un poco a medias en sus pretensiones, tanto como sátira de los ricos —donde pudo llegar mucho más lejos— como drama con tintes trágicos. Es como si la película empezara tarde cuando llega la verdadera chicha de lo que quiere contar y mostrar, y de ahí vienen sus problemas de narración.

Pero, pese a todo, El anfitrión es una propuesta de lo más curiosa, una de esas producciones que, pese a sus imperfecciones, consigue cierto halo hipnótico del que no puedes apartar la mirada, tanto por la puesta en escena de su director, Miguel Ángel Jiménez, que crea momentos bastante logrados (esa piscina…), como por la interpretación de un Willem Dafoe que está magnífico y lleva sobre los hombros el peso del film.

‘El sueño americano’: Un menú que, pese a conocido, sabemos que está rico

3’5 Butacas de 5

El cine francés parece poseer una fórmula que les sirve de base para crear feel-good movies. Hay un arte a la hora de crear este tipo de filmes y lograr que funcionen bien, y en eso el país galo parece ser un auténtico maestro. Por supuesto, no todas las propuestas salen victoriosas, pero con la cantidad ingente de producciones de esta índole que llegan a nuestras pantallas y de las que la mayoría suelen funcionar bastante bien, está claro que han dado con la tecla perfecta. Dosis de comedia, junto con ciertos coletazos de denuncia o crítica social y el punto justo de emotividad, y al horno. Y ese equilibrio lo mantienen muy bien casi siempre. En el caso de “El sueño americano”, la producción que aquí nos ocupa, no iba a ser menos.

Jérémy, dependiente en un videoclub, y Bouna, limpiador en el aeropuerto de París, están decididos a hacer realidad su sueño: convertirse en agentes de la NBA. Sin dinero ni contactos y con un nivel de inglés rudimentario, deciden embarcarse en una gran aventura. Su pasión por el baloncesto, su amistad inquebrantable y su buen ojo para los fichajes les conducirán hasta Nueva York, donde, de repente, se codearán con la élite del deporte. Pero, para cumplir su sueño americano, aún les quedan muchos desafíos por delante… Inspirada en una increíble historia real.

Sinceramente, no os voy a engañar: el tema que trata “El sueño americano” me llamaba muy poco, por no decir nada. El mundo del draft de la NBA lo desconocía por completo antes de entrar a ver el filme, pues no estoy para nada puesto en el tema; de ahí mi desconfianza hacia la película. Y hete aquí mi sorpresa: la película consigue adentrarte en ese mundo con una facilidad pasmosa, de manera que el espectador se aferra a la historia sepa o no del tema.

Y es aquí donde el libreto mide muy bien o, más bien, dibuja muy bien a sus personajes principales, a los que el filme perfila desde el primer minuto de una manera cercana, logrando que el espectador se embarque en su viaje hacia un mundo en el que es difícil abrirse camino viniendo de donde vienen. Y es aquí donde el discurso del filme funciona, pues consigue transmitir que, pese a las trabas que les pone la vida (y la alta sociedad), nunca hay que darse por vencido, aunque el resultado no sea el que esperabas.

Aquí hay que mencionar el buen pulso narrativo de su director, Anthony Marciano, que mantiene un ritmo sólido gracias al cual el espectador va empatizando poco a poco con sus personajes a la vez que se adentra (y entiende, en mi caso) el mundo del draft de la NBA. Además, añade algún que otro coletazo de puesta en escena bastante destacable, como el plano secuencia del nombramiento de los jugadores.

Pero, sobre todo, es gracias a sus dos actores principales, con una química tremenda entre ambos, pues tanto Jean-Pascal Zadi como Raphaël Quenard saben dibujar a la perfección a sus personajes, complementándose de maravilla y destacando especialmente por cómo los desarrollan, con sus subidas y bajadas. Ellos son una parte muy importante del alma de la película y, por cierto, guardan cierto parecido con los personajes reales en los que se basan.

Cierto es que el filme no deja de ser una feel-good movie y, por ello, está plagado de todos los tópicos habidos y por haber, pero, como dije en el primer párrafo, saber manejarlos es un arte, y en ese aspecto se desenvuelve estupendamente, casi como por arte de magia, sin que molesten en exceso sus dosis de azúcar.

Por tanto, “El sueño americano” es otra demostración de que los franceses saben hacer películas amables como nadie. Cogen los tópicos de toda la vida y los mezclan con ingredientes de aquí y de allá de manera que el menú, pese a que te lo conoces de memoria, te deja satisfecho y con ganas de repetir. Y este es el claro ejemplo de esta película, que sigue la fórmula habitual de la comedia francesa, pero que funciona igual de bien que siempre.