2’5 Butacas de 5

Ana Belén vuelve a la interpretación, un rol que no ejercía —al menos a nivel protagónico— desde “Cosas que hacen que la vida valga la pena”, de Manuel Gómez Pereira en 2004. Quizá el propio guion de “Islas” se aprovecha de esta coyuntura y plantea un juego de espejos distorsionados en el que interprete y personaje pueden llegar a darse la mano.
En este caso, la película no supone una vuelta por todo lo alto con un éxito garantizado, sino más bien un experimento dentro de una producción de bajo presupuesto que pone el foco casi exclusivamente en ella. A nivel de popularidad, Ana Belén forma parte de la historia viva de la música y la interpretación; pero, en tiempos de Netflix y los blockbusters, esperemos que “Islas” pueda encontrar un lugar donde su público tenga acceso y disfrute de un trabajo bien hecho que no le volará la cabeza a nadie, aunque sí posee un corazón propio dentro de su envoltorio surrealista.

La cinta se sostiene gracias a la relación tan entrañable entre Ana Belén y Manuel Vega, dos almas perdidas en un antiguo hotel de lujo —el Hotel Paradise, ni más ni menos— que antaño acogía fiestas y eventos a los que acudía la flor y nata de la cultura y la sociedad, y que ahora no es más que el cadáver de lo que fue. Resuena el eco de tiempos mejores y se juega con esas ausencias para aislar aún más a unos personajes introvertidos que consiguen sacar poco a poco su alma del encierro.
Esta atmósfera tan peculiar crea un contraste entre los protagonistas y el elenco secundario, compuesto en su mayoría por los pocos trabajadores y clientes que aún habitan el Hotel Paradise. Se configura así una suerte de mundo absurdo y bizarro, donde se juega con elementos kitsch hasta el exceso. Mientras el drama azota a Ana y Manuel, el entorno se inclina hacia una comedia marciana ambientada en un espacio vacacional venido a menos, poblado por personajes que parecen estar de vuelta de todo y donde el tiempo da la impresión de haberse detenido, al nivel del famoso hotel Overlook. Si aquel se inclinaba hacia el terror, este lo hace hacia una comicidad extraña que descoloca.

Marina Seresesky es una directora muy interesante, con una filmografía marcada por comedias que van un paso más allá, jugando con elementos catárticos e incluso trágicos. Quizá en esta ocasión el presupuesto no acompaña del todo a su talento: la puesta en escena resulta fría, con encuadres muy bien compuestos, pero la materia prima no da mucho más de sí. Aun así, es un acierto que la directora decida centrarse por completo en sus personajes y no alejarse de ellos en ningún momento.
“Islas” es la historia de dos personas opuestas que encuentran juntas su lugar en el mundo, en una dinámica que recuerda a “Lost in Translation”, quizá más cercana a la amistad que al amor. Son personajes que luchan contra sus propias decisiones y que encuentran momentos de ligereza en ese dichoso hotel lleno de excéntricos.

