'Scarlet': Hosoda vuelve a mostrar un relato espectacular

'Scarlet': Hosoda vuelve a mostrar un relato espectacular

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Mamoru Hosoda es uno de los cineastas más reconocidos en el panorama actual del anime, y por ende del cine a secas. Tras realizar obras maestras como La chica que saltaba a través del tiempo, Los niños lobo, Mirai, mi hermana pequeña o Belle, presentó el año pasado en el festival de Venecia Scarlet, con una lógica expectación que luego se vio algo relativizada. Aunque no esté a la altura de las películas citadas, lo cierto es que seguimos estando ante un trabajo espectacular, que confirma la experiencia de su director como narrador moderno y a la vez anclado en el espíritu clásico.

Esto se comprueba desde la premisa, inspirada en Hamlet, pues sigue las vicisitudes de la princesa del título que persigue a su tío para vengar la muerte de su padre. Ahora bien, como es propio del género, aprovecha tal premisa para incidir en su marco fantástico, y por ello casi toda la historia se desarrolla en el reino de los muertos, con posibilidad de salvación final para quienes puedan redimirse y sustituir la violencia y el ansia de venganza por aspiraciones más nobles. Hay algún otro elemento que se aleja de la narración al uso, incluso de viajes en el tiempo, algo casi obligado en la filmografía de Hosoda, aunque la esencia es sencilla: una princesa aguerrida que desea justicia.

A partir de ahí, decíamos que el resultado es espectacular, sobre todo por el detalle de la animación y las escenas épicas, de criaturas fantásticas o grandes masas de gente, momentos en que mejor se percibe la claridad en la puesta en escena de la que hacen gala Hosoda y su equipo. La película falla un poco más en otros momentos, para resolver ciertos conflictos de manera precipitada y poco verosímil (por ejemplo, con la intervención de secuaces del tío traidor y asesino), y al mismo tiempo peca en algún otro momento de querer abarcar demasiado. Pero afortunadamente nunca pierde el norte, por lo contundente de la premisa y su destino, y de ahí que el mensaje final se transmita, una vez transcurrido el metraje, con la suficiente convicción como para no quedarse en mera solemnidad o en moraleja simplona.

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