2’5 Butacas de 5

La nueva película española codirigida por Andrés Salmoyraghi (Unidos por un décimo, Tan como tú), Rafael López Saubidet (Unidos por un décimo, División Palermo) y coescrita por este último acompañado de Ricardo Uhagon Vivas (Dark Matters, Witch Girl) que se mueve entre el drama y la comedia. Casi todo bien es de esas cintas que parecen más interesantes cuando piensas en ellas que mientras las estás viendo. Tiene todos los ingredientes para funcionar —crisis creativa, frustración artística, ego, relaciones difusas— pero estos elementos tan desgastados en el cine, al no aportar nada nuevo, se quedan en una especie de borrador de algo que podría haber sido bastante mejor.

La película sigue a Hilario (Marcel Borrás), un cuarentón atrapado entre la nostalgia literaria y el desencanto contemporáneo, cuya vida da un giro cuando aparece una posible musa (Silma López) que lo empuja a salir de su estancamiento. Hilario es un personaje diseñado para caer mal, ya que está obsesionado con la literatura y es profundamente egoísta. En todo momento las decisiones que toma y cómo trata a los demás siempre es pensando en sí mismo e incluso cuando aparece esa mujer que él dice que es su musa -algo bastante anticuado y poco original- solo la utiliza para salir de su bloqueo creativo y no invierte ni tiempo ni responsabilidad afectiva en establecer un vínculo real con ella. En definitiva, solo piensa en él y en sus novelas. Tanto es así y tan poco parece ser el desarrollo del personaje -más allá de estar chocándose con la misma pared durante la hora y veinte que dura la película- que cuando llega el final, como espectador no sientes que haya aprendido realmente la lección y haya decidido cuidar a las personas que le rodean. Porque unas disculpas sin un cambio real, no valen nada y él más que un giro real en su comportamiento, más parece una parada en boxes antes de volver a sus malas costumbres.

El problema principal de la cinta es que nunca termina de decidir qué quiere ser. Va coqueteando con la comedia irónica, luego intenta ponerse introspectiva, pero no profundiza lo suficiente en ninguno de los dos lados. Todo se queda a medio gas, como si le faltara una capa más de riesgo o de honestidad.
El protagonista está planteado como ese típico escritor bloqueado, cínico y un poco perdido, pero su evolución es prácticamente inexistente. Salí de verla con la sensación de que Hilario no es más que la encarnación de la mediocridad del hombre. Ese hombre que se cree mejor que los demás y que piensa realmente que está destinado a algo más grande, razón por la que se ve con la potestad de tratar a todos los de su alrededor como si fuesen menos importantes que él. Al final durante toda la película se dedica a eso, a ser un hombre mediocre. Más que avanzar, da vueltas sobre sí mismo, y llega un punto en el que cuesta implicarse con lo que le pasa. La película insiste en su conflicto, pero no lo desarrolla. La parte del mundo editorial, que podría haber sido lo más afilado de la historia, apenas se explota. Y la relación que debería funcionar como motor emocional tampoco termina de arrancar: no hay demasiada química ni sensación de cambio real.

A nivel técnico todo está correcto, sin más. No hay decisiones especialmente malas, pero tampoco nada que destaque o que le dé personalidad propia. Es una película que se ve sin esfuerzo y que se olvida con la misma facilidad. Tiene algún momento suelto que funciona y ciertos diálogos con intención, pero no son suficientes para sostener el conjunto.
Al final, Casi todo bien se queda justo en eso: una película que no molesta, pero que tampoco aporta nada nuevo. De hecho, lo único que me apeló un sentimiento real de empatía es su sufrimiento por la situación actual de la vivienda en Madrid. Aun así, es una película que se deja ver y que os entretendrá durante el tiempo que dura. La cinta llega a los cines de España el 22 de abril.

