'Todo lo que fuimos': heridas profundas imposibles de sanar

'Todo lo que fuimos': heridas profundas imposibles de sanar

4 Butacas de 5

Esta semana se estrena posiblemente la película de ficción definitiva sobre el conflicto arabe-isrelí. Cherien Dabis ahonda a través del tiempo en el dolor intergeneracional y generalizado de toda una comunidad. No es poco conocida la disputa del territorio vigente en Oriente Medio entre Israel y Palestina desde hace mucho tiempo, pero hoy más mediática y virulenta si cabe, y hay pocos medios como el cine para trasladar ese dolor colectivo. Si el año pasado la aclamada La voz de Hind (2025) metía el dedo en la llaga utilizando un caso real -de manera más o menos sensacionalista, ahí no voy a entrar-, Todo lo que fuimos ahonda aún más en el drama y construye, junto a la mentada, un estupendo díptico sobre el conflicto, eso sí, totalmente antitético en forma. Mientras en la primera el tiempo de la película transcurre con el de la historia, en la que nos atañe el relato abarca décadas y distintas generaciones, huyendo así de la píldora estimulante que era la de Ben Hania para elongar el drama y hacerlo mucho más sutil y profundo.

La cinta de Dabis, con Mark Ruffalo y Javier Bardem en la producción, arranca con la muerte repentina de un adolescente durante unas protestas en Cisjordania, para después narrar en boca de su madre la historia de su familia a lo largo de tres generaciones y setenta años. De manera que se entienden las tensiones políticas y emocionales que les condujeron al fatídico instante. La duración de la película, excesiva a pesar de acertada a mi parecer, ayuda a instalar una visión más general a través del tiempo del conflicto, y sobre todo a empatizar con sus personajes aún más conociendo la veracidad de los hechos narrados. Escenas de una potencia desmedida como la vejación de los soldados israelíes a padre e hijo, y el tramo crucial de la decisión sobre la donación del corazón, apuntalan aún más la cruda realidad que viven miles de civiles en ese infierno de Oriente Medio, y expresan el sufrimiento de personas completamente ajenas a los intereses tras los que actúa el Estado opresor -como ocurre siempre con la población civil en un contexto bélico de tal magnitud, más aún si cabe en este concreto-.

Dabis narra con pulso aunque por momentos la excesiva duración de su metraje conduzca al tedio, para rematar en su final con un giro de guión que hiela la sangre. El dilema del corazón palestino que quienes vean la película entenderán me resulta, repito, de lo más estimulante, poético y representativo posible. El mundo está en peligro y cada vez parece ir a peor. Como se suele decir, el arte parece ser el único remanso de paz y expresión posible, a pesar de que hable de la barbarie.

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