3 Butacas de 5

El alzhéimer es una enfermedad cruel (todos lo sabemos) y, si se desarrolla con lentitud, puede ser una auténtica tortura, quizá incluso más para las personas de alrededor que para el propio paciente que la sufre en primera persona.
“Yo no moriré de amor” se centra en el desgaste de una familia a lo largo de los años, cuando la matriarca de la casa es diagnosticada con dicha enfermedad. Este relato está fragmentado en los años sucesivos, ofreciéndonos una especie de cuadros temporales donde el paso del tiempo y la fatiga son el eje que vertebra a todos y cada uno de los miembros de la familia.

No es una película de tramas, sino de consecuencias vitales, en la que cada uno de los personajes sufre secuelas debido a la enfermedad de la madre. De una manera u otra, el tiempo se ha detenido para ellos, sin poder llevar una vida ordinaria, ya que cada vez es más difícil autogestionarse con los cuidados. A pesar de turnarse de manera equitativa, es evidente que esto hace mella en su autoestima y en las relaciones con los demás miembros.
En cierta manera, está tratada con sutileza y con una ausencia absoluta de melodramatismo, porque los personajes son muy herméticos e introvertidos. Son sus acciones las que los definen, y ninguno descansa ni tiene momentos de goce o disfrute de la vida: es un agotamiento constante.

“Yo no moriré de amor” es el debut en el largometraje de la realizadora Marta Matute, quien firma una ópera prima con muchas ideas claras y una propuesta sobria y muy madura para su edad. Se nota que conoce el tema a la perfección por la honestidad de sus imágenes y el enfoque en el que se centra, lejos de lo lacrimógeno, más cercano al documento que a lo narrativo. Hay sensibilidad y verdad tanto en sus personajes como en sus planos.
El reparto es breve, pero cuenta con muy buenas interpretaciones: Júlia Mascort, Sonia Almarcha, Tomás del Estal y Laura Weissmahr como ese cuarteto disfuncional. Cada uno de ellos tiene su propia manera de actuar y de afrontar lo que le está pasando a la familia. Es cierto que el pivote de todo es la hija pequeña, Claudia, quien, con tan solo 18 años, tiene que lidiar con la gestión de los cuidados de su madre mientras intenta sacar su vida adelante, ya sea en el terreno amoroso, laboral o social.

A través de su mirada se nos cuenta toda la película: sus enfrentamientos con su hermana mayor, la sobreprotección hacia su hierático padre y el resto de cargas que le impone la situación, o que se impone ella misma. Es mucha responsabilidad para alguien con solo 18 años.
En resumen, una película que nos puede recordar al primer Fernando León de Aranoa, sin su poesía y con la crudeza del alzhéimer como terapia de choque ante un espectador que permanece impotente durante todo el metraje, ya que de esta enfermedad no se sale ni se aprende: solo se combate.

