'Beast. La Bestia': una película visceral y de un entretenimiento rotundo

'Beast. La Bestia': una película visceral y de un entretenimiento rotundo

3 Butacas de 5

Un calificativo facilón de la película que aquí reseñamos sería “bestial”, y sería acertada, pero no por su acepción más habitual. La bestia (Beast) sigue las peripecias de una vieja gloria de las artes marciales mixtas que, obligado por varios condicionantes, personales, familiares y económicos, tiene que volver al ruedo. O al ring. La premisa, así apenas resumida, revela ya lo estereotipado de esta historia mil veces vista de superación, de redención, de venganza o de heroísmo, según cómo se quiera calificar. Y es esta escasa originalidad la que, por fuerza, impide que estemos ante una película “bestial”. Bestial es la película que remueve, que impacta, que choca, y solo puede hacerlo cuando huye de la previsibilidad. Bestial tampoco puede ser el protagonista, pues es quien tiene mayor trasfondo humano, sobre todo en comparación con dos personajes antagónicos que rozan la caricatura de lo chulesco y denigrante. Pero sí tiene una bestia escondida dentro, que sale a relucir en el último trecho del metraje y que permite que este desencadene en algo más auténtico, al menos por vívido y visceral, superando la sucesión anterior de lugares comunes.

Asumidas estas limitaciones, la película, hay que reconocer, es disfrutable en todo momento, nada chirría demasiado, pues en sus apartados técnicos es competente, no cae en la tentación de la virguería (tentación que asomaría, sobre todo, en las escenas de combate, pero que, de rendirse a ella, chocaría con la simple, por no decir anodina, crudeza del conjunto) y respeta las reglas ortodoxas del montaje. En lo dramático, además, tenemos el gusto añadido de volver a ver a un actor tan fiable como Russell Crowe. Aunque la progresiva e ineludible vejez no lo ha perdonado y aunque su papel solo le otorga unos minutos de metraje, su mera presencia (sin olvidar que, además, coescribe el guion) se intuye y recuerda a lo largo de todo ese metraje, dándole un plus de garra y empaque. Las peripecias del luchador (interpretado con solvencia por Daniel MacPherson), volviendo al protagonista, también se apoyan en su carisma, aunque estemos ante el prototipo de personaje que, de tan sufrido y maduro, se refugia en una expresión a menudo impertérrita, sin apenas dejar que los demás perciban ese sufrimiento que arrastra. Con estos mimbres, la película se sigue con interés, aunque no aporte nada nuevo, y debería ser un relativo éxito de taquilla, por su temática de género, su enfoque comercial y ese elenco, al menos en parte, reconocible.