'La Luz': La hipocresía de la Iglesia Católica

'La Luz': La hipocresía de la Iglesia Católica

3’5 Butacas de 5

La zona de interés nos llegaba en 2023 y, en cuanto la vi, supe que estábamos ante una de las películas más importantes y valientes de este siglo. ¿Por qué? Porque nos hablaba de la banalidad del mal con una rotundidad aplastante que dejaba al espectador K.O. ante una realidad demoledora. Y es que nosotros, como espectadores, somos partícipes de ese “mal” (en este caso, un genocidio) que ocurre a nuestro alrededor, pero al que hacemos caso omiso.

¿Y por qué hablo de esta película? Porque con la Iglesia Católica y sus casos de abusos sexuales pasa algo parecido… pues se conocen casos a puñados, pero parece que se guardan en un cajón para no salir a la luz, como si no hubiera pasado nada. Y aquí es donde entra esta cinta española, La Luz, que expone (de manera “ficticia”) el tema de los abusos sexuales dentro de la Iglesia. Y el resultado, desde luego, resulta de lo más interesante y valiente.

Manuel, un sacerdote muy apreciado en su parroquia, está a punto de colgar los hábitos y empezar una nueva vida. Sin embargo, cuando su pasado amenaza con salir a la luz, se verá obligado a afrontar el peso de sus propias acciones. Comienza así un viaje sin retorno en el que desafiará abiertamente a la institución que lo protegió.

La Luz está marcada por dos partes bastante diferenciadas: la primera, a la hora de presentar al personaje y su intento de redención buscando el perdón de sus víctimas; y una segunda tras la toma de decisión de su protagonista. Y comento esto porque hay una clara diferencia de interés entre una y otra.

Y es que, en su primera parte, que dura más de una hora, resulta interesante ver cómo el personaje principal poco a poco va percatándose del daño que ha cometido. Todo este bloque está contado de manera correcta, pero sí es cierto que da la sensación de que pudo llegar más lejos en su dramatismo e impacto, pues, al fin y al cabo, es el personaje buscando la redención, quedándose algo estancado en el mismo esquema, lo cual puede pecar de resultar algo repetitivo (que no aburrido, ojo).

Y es aquí donde entra su última media hora, el segundo bloque, donde aparece la parte más interesante del relato, al poner un golpe sobre la mesa y desgranar las pesquisas de la Iglesia Católica con tal de “blanquear” unos actos completamente denigrantes. Y es una pena, porque donde verdaderamente está todo el potencial de la cinta es en este bloque, y quizás llega demasiado tarde (a la hora y cuarto de película aproximadamente), sin poder desarrollar mucho más esta parte del relato.

Pese a ello, el film funciona, sobre todo porque consigue la rotundidad necesaria en su discurso para que el espectador pueda empatizar con un personaje que, desde luego, no resulta del agrado del público. Y aquí está la valentía de tener a un personaje protagonista que, pese a sus actos del pasado, quiere cambiar las cosas… pero el sistema se lo impide. Por ello funciona tan bien el discurso que quiere retratar el film, separando la fe y el credo de la propia Iglesia Católica.

Y aquí hay que mencionar a un Alberto San Juan que perfila a su personaje a través de los gestos, miradas y poses de manera que te lo crees. Aunque aquí hay un apunte personal mío como espectador que me sacaba un poco de la película. Y es que a veces parece que está en unos códigos más teatrales que chocan con el cinematográfico, lo cual hizo que me sacara un poco del personaje que estaba perfilando a la perfección. Pero ya digo, son apuntes más personales que quizás otro espectador podrá pasar por alto, porque el actor está estupendo en líneas generales.

Lo mismo podría decir de un plantel de secundarios maravilloso, donde todos y cada uno de ellos poseen su momento de gloria y, desde luego, lo aprovechan al máximo: Pedro Casablanc, Miguel Rellán, María Galiana, Ramón Barea, Nacho Sánchez… Lo dicho, el reparto interpretativo está a un gran nivel.

Técnicamente, pues bastante lograda en líneas generales. Desde una puesta en escena la mar de correcta, que aprovecha los planos largos para dar más libertad y aire a la escena y hacerla más creíble (esa escena en la bahía con el periodista), hasta una fotografía que aprovecha los tonos más grises del relato y una banda sonora que está donde debe estar y en el momento preciso, sin abusar de ella.

Por tanto, La Luz es una estupenda película que quizás pudo llegar más lejos al arrancar la verdadera enjundia un poco más tarde de lo deseable, pero solo por el intento de desgranar a la Iglesia Católica en su blanqueamiento de los casos de abusos ya merece un reconocimiento por su valentía y riesgo por no banalizar “el mal” como expliqué en el primer párrafo, y darnos un pequeño bofetón en la cara. A veces nos hace falta.

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