3 Butacas de 5

Pocas veces se explora tan bien la demencia senil como herramienta narrativa para generar tensión, terror y una atmósfera tan opresiva como cruel, eso es precisamente lo que propone “Habitación nº13”, dirigida por Mattias Johansson y protagonizada por Philip Oros, Anki Lidén y Gizem Erdogan. Más que una película de terror al uso, estamos ante un drama psicológico disfrazado de historia sobrenatural, donde el verdadero miedo no viene de lo que se esconde en la habitación de una residencia de ancianos, sino de perder quién realmente eres.

La historia sigue a Joel, que regresa a su pueblo natal para ayudar a su madre Monika a ingresar en una residencia especializada tras el avance de su demencia. Lo que al principio parece una situación cotidiana pronto empieza a volverse inquietante, Monika asegura ver presencias, habla con personas que ya no están y su comportamiento se vuelve cada vez más extraño. Mattias juega constantemente con esa duda, ¿es algo sobrenatural? o solo los efectos de la enfermedad.
Desde el principio te mete dentro de esa clínica fría, silenciosa y decadente donde viven los ancianos. Hay algo incómodo en la forma en que están retratados los ancianos, consiguen transmitir una sensación de vulnerabilidad, confusión y deterioro que termina resultando perturbadora. En muchos momentos los propios ancianos generan más inquietud que cualquier elemento sobrenatural.

Donde la película queda a deber es en el terror, tiene algunos jumpscares y varias escenas inquietantes, pero en realidad funciona mejor como drama psicológico. De hecho, si eliminas algunos sustos y ciertos elementos sobrenaturales, sigue funcionando perfectamente como una historia sobre la culpa, el envejecimiento, los traumas familiares y el miedo a convertirte en alguien que ya no reconoce ni a sus propios hijos.
Su principal problema es que para durar menos de hora y media se hace más larga de lo que debería. Hay situaciones que se repiten demasiado, algunas escenas transmiten exactamente la misma información que ya transmitido antes y el ritmo termina pesando. No llega a aburrir, pero con quince minutos menos habría sido más contundente.

Al final, “Habitación nº13” funciona mejor cuanto más se aleja del terror convencional. Lo que realmente da miedo no son los fantasmas, es la idea de olvidar quién eres, de cargar con culpas pasadas y de ver cómo las personas que más quieres desaparecen poco a poco delante de tus ojos. No reinventa el género ni propone nada especialmente nuevo, pero sí consigue construir una atmósfera incómoda y triste que permanece después de que terminen los créditos.

