'Dreams': la mirada de un cineasta sutil y clarificador

'Dreams': la mirada de un cineasta sutil y clarificador

3 Butacas de 5

El cineasta mexicano Michel Franco prosigue con su despiadada mirada de las injusticias de clase, y más ampliamente del capitalismo, en Dreams, presentada el año pasado en competición en el Festival de Berlín. En ella vuelve a contar además con la que esperamos que pueda convertirse en su actriz fetiche (dada la calidad del trabajo que bajo su dirección nos ofrece), Jessica Chastain, tras su colaboración anterior en Memory, drama más íntimo que social y ambientado íntegramente en Estados Unidos. Ahora estamos nuevamente ante un drama, sí, pero donde las diferencias económicas y de clase (aparte de raciales) son el principal eje narrativo, pues Chastain interpreta a una rica heredera y filántropa asentada en San Francisco, mientras que el otro personaje principal, interpretado por Isaac Hernández, es un joven bailarín mexicano que emigra ilegalmente a Estados Unidos para reunirse con ella en dicha ciudad. El matiz es que ambos son amantes, por lo que el interés, más que utilitario, es amoroso, aunque Franco acierta en unir ambas dimensiones, pues esa relación pasional, casi clandestina, es también una relación de poder, y el gran conflicto subyace cuando se pierde ese poder.

Lo cierto es que no estamos ante una película precisamente sutil, y se vuelve quizá algo redundante en su mensaje o interpretación, con una sucesión de secuencias, la mayoría ambientadas en cuidadas localizaciones de San Francisco, aunque algunas también en México D.F. caracterizadas por un mismo tono y ritmo, pausado, pero también muy marcado. A esta percepción contribuye la ausencia de música extradiegética, pues no hay banda sonora que alivie ni introduzca un ritmo distinto en el montaje, que une así, una tras otra, acciones sobrias, casi monótonas, pese a la intensidad subyacente en muchas de ellas. Es, en suma, un estilo peculiar, al que Franco es fiel, que funciona muy bien para crear tensión y uniformizar toda la puesta en escena, pero en el que se echan en falta más elementos disruptivos, acordes a la historia que se nos está contando. Esta, como adelantábamos, es la propia de un melodrama en un contexto hostil, pues la elegancia del decorado es solo una fachada bajo la que se ocultan tensiones y prohibiciones. En todo caso, la mayor elegancia la proporciona Chastain, que está verdaderamente magnífica (apoyada en un vestuario siempre cambiante y siempre refinado) en un papel adaptado a sus cualidades, y lo aprovecha. Ella podría ser el principal reclamo de la película, pero esta merece la pena igualmente en su conjunto, siguiendo esa mirada de un cineasta que tiene claro lo que quiere contar, aunque pueda resultar perturbador o incómodo, y ello es de alabar.

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *