3’5 Butacas de 5

Llega a las carteleras españolas ‘Cosas que no olvidaré‘ de Alessandro Aronadio, película que pone el foco en los recuerdos personales, la definición de las relaciones entre padres e hijos y la perspectiva de la conexión entre ambos. Un largometraje que huye del melodrama facilón centrando su mayor peso en construir una película con personalidad propia, los diálogos y la ternura a través de la empatía entre sus protagonistas.
Alessandro Aronadio cambia de registro tras el largometraje anterior huyendo de clichés de sobremesa con una propuesta mucho más estimulante a través de las emociones, la cercanía y la excelente química entre sus protagonistas.

Aronadio no intenta ofrecer grandes revelaciones, sino mostrar que las emociones más importantes suelen esconderse en conversaciones aparentemente intrascendentes. Visualmente mantiene una elegancia discreta, sin buscar el lucimiento estético, y la banda sonora acompaña sin invadir. Todo está al servicio de una historia íntima que funciona mejor cuando deja que el espectador complete los huecos por sí mismo.
La historias se centra en un padre de 40 años que empieza a perder la memoria. Aspectos de su vida diaria que abandonan su mente, otros se desvanecen, pero decide vivir el momento cada día junto a su hijo de once años y limar asperezas con su hermano.

El peso de la película recae con firmeza sobre un soberbio Edoardo Leo. El actor romano interpreta a Paolo con una contención ejemplar, alejándose de los aspavientos y el histrionismo. Su Paolo no busca la autocompasión; busca tiempo. La química con el joven Javier Francesco Leoni —quien interpreta a su hijo de once años— es el verdadero motor emocional del metraje. En un sutil giro de guion, el niño no adopta el rol de víctima pasiva, sino el de un guardián de la memoria de su padre, invirtiendo de forma natural y conmovedora los roles de cuidado.
Cosas que no olvidaré es una obra honesta, tierna y notablemente interpretada que esquiva los golpes bajos emocionales. No reinventa la rueda del drama familiar, pero deja un poso de luminosa melancolía difícil de sacudir.

