4 Butacas de 5

Siempre es una decisión valiente cuando una película apuesta por músicos reales en lugar de castear actores para ser los protagonistas. Sobre todo, porque el reto está en el lado contrario, no enseñarles a tocar, sino conseguir que actúen. En “Los Músicos”, la nueva comedia francesa dirigida por Grégory Magne, la apuesta sale con una armonía muy positiva. Grégory consigue que intérpretes con ninguna trayectoria delante de la cámara transmitan la naturalidad y la sensibilidad que la historia necesita.
La premisa es sencilla, reunir cuatro violines Stradivarius para un único concierto. Un objetivo casi imposible que Astrid decide cumplir en honor a su padre, quien nunca pudo hacerlo realidad. Para conseguirlo reúne a cuatro músicos con un talento inmenso, pero con un ego todavía mayor. A partir de ahí la película se desarrolla durante la semana de ensayos previa al concierto, aislados en una casa del campo francés, donde solo existe una prioridad, que el cuarteto funcione.

Hay una comparación que hacen y que explica el drama de los personajes, un cuarteto se parece más a una bandada de pájaros que a una orquesta. No hay un director marcando cada movimiento y, aun así, todos consiguen avanzar en perfecta sincronía. Aquí no se habla solo de música, habla de trabajo en equipo, de aprender a controlar el ego y de entender que, cuando uno falla, todo el conjunto lo siente.
También introduce pequeñas explicaciones sobre los Stradivarius sin convertirlas en una clase de historia. Entiendes por qué estos instrumentos son tan especiales, qué representan para los músicos y por qué reunir cuatro en un mismo escenario es casi imposible.
La banda sonora definitivamente es el verdadero protagonista de la película. La selección de piezas clásicas está muy bien integrada y, aunque se inspira de compositores tradicionales, la forma en la que están interpretadas tiene un aire más moderno y accesible.

En cuanto al reparto, destaca en especial Frédéric Pierrot que demuestra un gran magnetismo en pantalla, cada vez que aparece consigue que la escena gane peso. Pero también sorprenden los propios músicos, Mathieu Spinosi, Emma Ravier, Daniel Garlitsky y Marie Vialle, que, siendo intérpretes musicales antes que actores, sostienen muy bien sus personajes.
La fotografía es otro apartado técnico que funciona sin desafinarse, la cámara se acerca constantemente a las manos, a las cuerdas, a la madera de los violines, a las vibraciones del arco. Se aprecian los colores, y la textura de los Stradivarius y logras entender por qué despiertan tanta fascinación entre quienes los tocan.

Quizá donde más cae es que sigue una estructura previsible. Desde muy pronto sabes hacia dónde va, no busca sorprender, sino emocionar, y eso puede hacer que algunas escenas resulten familiares para historias sobre artistas o equipos que deben aprender a trabajar juntos.
“Los Músicos” termina encontrando su propia personalidad gracias al cariño con el que trata la música clásica y a la química que acaba naciendo entre sus protagonistas. Es una película pequeña y elegante, que recuerda que el verdadero talento no siempre consiste en brillar más que los demás, sino en saber cuándo dejar espacio para que el resto también lo haga.

