4 Butacas de 5
La última travesía (I Was a Stranger, originalmente) es una de esas películas que no busca entretener, sino hacer que el espectador mire de frente una realidad que muchas veces preferimos ignorar. Es una película muy dura, pero precisamente ahí está una de sus mayores virtudes: no endulza el sufrimiento ni intenta suavizar las consecuencias de la guerra y el desplazamiento forzado. Esta coproducción jordana-palestina-estadounidense está dirigida y escrita por Brandt Andersen y basada en su cortometraje Refugee (2020).

La historia sigue a cinco protagonistas cuyas vidas se van entrelazando de una forma muy inteligente. Aunque la doctora siria es el personaje más importante, ya que la película empieza y acaba con ella, cada uno de los demás personajes tiene un papel fundamental. No están ahí por casualidad: sus profesiones, sus decisiones y sus experiencias aportan perspectivas distintas sobre el mismo conflicto y enriquecen una historia que habla tanto de supervivencia como de humanidad.
Uno de los aspectos que más me ha gustado es que la película pone el foco en quienes siempre acaban pagando el precio más alto de las guerras: la población civil, y especialmente los niños. No tiene miedo de mostrar el dolor, la pérdida y el miedo de una forma muy cruda, pero sin caer en el sensacionalismo. Esa honestidad hace que muchas escenas resulten especialmente impactantes.

Creo que La última travesía llega además en un momento especialmente importante. Vivimos en un mundo donde los conflictos bélicos siguen obligando a miles de personas a abandonar sus hogares para intentar sobrevivir y donde gobiernos bombardean a la población civil sin piedad y el mundo observa sin hacer nada. La película recuerda que nadie se juega la vida cruzando el mar en una embarcación precaria por elección, sino porque la alternativa es, muchas veces, la guerra, la persecución o la muerte.
Por eso me parece una película muy necesaria. Ojalá la viera especialmente toda esa gente que habla de la inmigración sin pararse a pensar en las historias que hay detrás de cada persona que llega a nuestras costas y, sobre todo, de las que no lo consiguen. Más allá de cualquier debate político, la película invita a hacer algo tan básico como empatizar con quienes han perdido absolutamente todo.

A pesar de la dureza de su relato, la película termina con un mensaje que deja un pequeño espacio para la esperanza. Y es que todo el mundo debería tener el derecho a vivir una vida sin guerras y tener la oportunidad de aportar su granito de arena para hacer este mundo mejor. La cinta nos recuerda que incluso en las situaciones más desesperadas puede seguir existiendo humanidad.
En definitiva, La última travesía me ha parecido una película imprescindible. Es dura, emocionante y profundamente humana. No es fácil de ver, pero precisamente por eso creo que merece la pena. Porque, por mucho que el espectador sufra durante sus dos horas de metraje, nunca sufrirá tanto como las personas cuya realidad inspira esta historia. La película llega a los cines de España el 24 de julio.

