2 Butacas de 5


La comedia es quizá el género donde más puede salir a relucir la idiosincrasia de una sociedad. En otros géneros, como el drama, la aventura o el thriller, pueden ser más uniformes las motivaciones o los comportamientos de los personajes. En una comedia, sin embargo, se suelen aprovechar, por no decir exagerar, los rasgos identitarios para hacer reír al público, por complicidad para quién esté familiarizado con ellos, por extrañeza para quién no los conozca. Hablamos, por supuesto, del subgénero de la comedia más comercial, sin perjuicio de lógicas excepciones, y en particular de la que se produce en el continente europeo, en España, Italia o Francia, por ejemplo, y que gracias a ello suele tener buen rendimiento en taquilla.

La película que nos ocupa, estrenada el año pasado en nuestro país vecino y llegada ahora a nuestra cartelera, a priori parece integrarse en esta tendencia, pero uno de los motivos por los que resulta fallida es, precisamente, que sus personajes podrían ser de cualquier lugar. Sus motivaciones y comportamientos, en efecto, no son nada característicos, aparte de que su insuficiencia y arbitrariedad da pie a ciertas acciones incomprensibles y los reduce demasiado a sus esquematismos. Véanse por ejemplo la acción en que el protagonista deja la maleta en el taxi, entre otras implausibles o al menos de burda justificación, o el deseo de su hijo de que vuelva con su antigua pareja, que no lleva a ninguna parte, por no hablar del personaje de su nueva novia.

A una comedia de esta clase tampoco se le puede pedir mucho más allá de un rato de entretenimiento, y es cierto que esta en buena medida lo consigue. Incluso tiene alguna escena con algo de ingenio e inventiva visual, como la de la mosca y el bocadillo. La premisa, sobre un ejecutivo de una empresa de construcción que debe lidiar con un millón de euros en negro, inicialmente destinados a un soborno, contando con la ayuda de un cerrajero nocturno, permite desarrollar la trama con una sucesión de ocurrencias a cada cual más alambicada, que procuran ante todo que el espectador nunca pierda interés. Sin embargo, el tono pronto peca de un histrionismo tan persistente que llega a fatigar, con unos diálogos incesantes con frecuencia convertidos en griterío y una gestualidad elevada que no varía casi en ningún momento para ninguno de los personajes, ya estén pasando por momentos divertidos o dramáticos, por situaciones de tensión o de alivio. Esto no es tanto la culpa de los intérpretes, incluyendo a los dos protagonistas, el joven Rayane Bensetti y el veterano Christian Clavier (se recurre pues a la clásica pareja masculina, diversa en edad y procedencia, tan tradicional en la comedia), sino al guion y su dirección, que imprimen esa cadencia fatigosa por redundante, lo que en último término va en detrimento de la propia comedia. Y es que esta se resiente cuando apenas se halla novedad y el relato se vuelve trillado y repetitivo… todo menos idiosincrático.

