‘En Mar Abierto’: Cine de serie B puro y duro

2’5 Butacas de 5

Renny Harlin fue uno de los directores más importantes de la década de los 90. Suyas son algunas de las películas de acción más destacadas de aquella década, empezando por la estupenda Jungla de Cristal 2, la maravillosa Máximo Riesgo (a día de hoy, su mejor película), la infravalorada La isla de las cabezas cortadas (que, vista hoy en día, no estaba tan mal como se dijo en su momento), la estupenda Memoria letal y terminando con la entretenidísima cinta de culto Deep Blue Sea. Y precisamente, a colación de esta última, más de 25 años después, el director vuelve al género de los escualos, algo que me habría hecho especial ilusión si no fuera porque desde hace más de veinte años parece no dar pie con bola (todas sus producciones, desde Cazadores de mentes, me han parecido bastante malas, tirando a mediocres). ¿Ha sido este su regreso definitivo al cine que le hizo famoso? La respuesta es no, pero eso no significa que, al menos, consiga mantener entretenido al espectador.

Cuando un vuelo transatlántico se estrella en el mar, un reducido grupo de supervivientes se ve asediado por una jauría de tiburones sedientos de sangre. Ante la disyuntiva entre una muerte segura y una huida casi imposible, los protagonistas deberán enfrentarse a un destino incierto.

Hubo ciertos momentos durante la proyección de En mar abierto en los que mantuve cierta esperanza. Esperanza porque hay instantes en los que el cineasta demuestra un pulso que parecía haber recuperado a la hora de crear escenas impactantes, con secuencias de acción (o de catástrofe, en este caso) en las que Harlin vuelve a lucirse. Y lo hace gracias a su manejo del impacto y a su capacidad para aprovechar la situación de la forma más clara y, quizás, más artesanal posible. Eso hizo que mantuviera ese halo de esperanza durante buena parte del metraje. Escenas como el accidente de avión consiguen atrapar al espectador gracias a su tensión y a varios momentos de gran impacto.

Pero hay un problema bastante importante, y este se encuentra en el tono de la película. El film parece ser autoconsciente del pasatiempo que quiere ser, con diálogos risibles y situaciones tópicas y predecibles de las que no rehúye, sino que abraza. Y, en este caso, eso no supondría ningún problema, porque sabemos perfectamente qué tipo de película estamos viendo. El inconveniente llega cuando el film intenta tomarse en serio durante buena parte de su metraje, creando un producto un tanto extraño en el que trata de aportar emotividad a una historia cuyos cimientos no la sostienen.

Hay varios momentos en los que la cinta intenta imprimir un dramatismo —a veces de lo más exagerado— que consigue que el conjunto resulte incluso un poco más ridículo. Parte de la culpa podría atribuirse a la banda sonora del maravilloso Fernando Velázquez, pero en absoluto. Él compone la partitura dramática que la película le pide y cumple con creces. Otra cosa es que la mezcla tonal termine jugándole una mala pasada (por momentos parece que estemos viendo Lo imposible) mientras intenta averiguar qué película quiere ser. Pero, desde luego, eso no es culpa del compositor.

Porque cuanto más abraza su condición de entretenimiento puro y tontorrón, mejor funciona la película. Cuando decide ir de frente con esa propuesta, el film cumple bastante bien dentro de sus parámetros y consigue entretener gracias a un ritmo ágil. Y, por cierto, mucho se han criticado sus efectos visuales, pero para tratarse de una serie B pura y dura, me parecen bastante efectivos, acompañados además de un diseño de producción realmente notable.

Por lo demás, cabe destacar a Aaron Eckhart, que ejerce como el héroe de la función y defiende el papel con solvencia gracias a su presencia y a un carisma que sigue intacto. También encontramos a Ben Kingsley, que, dentro de su rol, cumple con nota. El resto del reparto simplemente cumple, sin más.

En mar abierto es una película de pura serie B cuyo único objetivo es entretener al espectador. En cierta medida lo consigue, pero el tono del film, al intentar aportar una emotividad y un dramatismo que la historia nunca necesitó —y más tratándose de un director como Harlin—, termina pasándole factura y restándole parte de su capacidad para divertir. Porque, siendo justos, probablemente sea la mejor película de Renny Harlin que he visto en lustros, lo que no significa que el film sea necesariamente bueno. Pero, al menos, recupera parte del espíritu del director, dejando ver en varios momentos ese pulso narrativo que parecía haberse perdido allá por los años noventa. Menos da una piedra, aunque, sinceramente, esperaba bastante menos de esta película viendo la trayectoria que venía arrastrando el cineasta en los últimos años.

‘La última ronda en Venecia’: Una comedia italiana a la altura de los clásicos

4 Butacas de 5

Hay películas en las que realmente no pasa gran cosa y, aun así, consiguen decir mucho, ese es el caso de “La última ronda en Venecia, la nueva película del director italiano Francesco Sossai, una road movie tan melancólica como divertida que habla sobre la amistad, el paso del tiempo y esa pregunta que todos nos hacemos alguna vez, ¿cómo sabes que una noche cualquiera va a ser la última?

La historia sigue a Carlo Bianchi y Doriano, dos amigos en sus cincuentas altos, que recorren la región del Véneto saltando de un bar a otro en busca de esa “última copa”. En el camino se cruzan con Giulio, un joven estudiante de arquitectura interpretado por Filippo Scotti, que termina uniéndose a esta extraña aventura nocturna. A partir de ahí, la película se convierte en una conversación constante entre generaciones, donde cada uno entiende la vida de una forma completamente distinta.

Y es que “La última ronda en Venecia” habla de todos esos planes que nunca llegaron a hacerse, de los amigos con los que la vida te termina separando, de las historias que salieron bien y de las que acabaron siendo un desastre. También habla de esa sensación de mirar atrás y preguntarte en qué momento pasó todo tan rápido. Nunca cae en el drama fácil, observa a estos personajes mientras siguen adelante, aunque muchas veces ni ellos mismos sepan muy bien hacia dónde van.

El título original, Le città di pianura (Las ciudades de la llanura), creo que incluso define mejor el espíritu de la película, más que enseñarnos la Italia turística de las postales, Sossai retrata un Véneto mucho más gris, industrial y silencioso. Carreteras secundarias, bares perdidos, gasolineras, polígonos y pueblos donde parece que el tiempo se quedó parado hace años.

Visualmente también tiene mucha personalidad, está rodada en 35 mm, y eso se nota en la textura de la imagen. Hay momentos en los que incluso me recordó al cine de Paolo Sorrentino, no porque intente copiar su estilo, sino por esa forma de encontrar belleza en personajes perdidos.

Sí es verdad que el ritmo puede echar para atrás a más de uno. Es una película lenta y consciente de ello. No tiene prisa por llegar a ningún sitio porque, en realidad, el viaje es la película. Hay escenas en las que aparentemente no ocurre nada, pero precisamente ahí está parte de su encanto, quiere acompañar a estos personajes durante una noche que, quizá, sea mucho más importante de lo que parece.

“La última ronda en Venecia” no habla realmente de alcohol ni de salir de bar en bar. Habla del tiempo, de los amigos que permanecen, de los que se quedaron por el camino y de esa última conversación que nunca sabes cuándo llegará. Es una película pequeña, muy italiana, y con una melancolía que, lejos de entristecer, termina siendo reconfortante.