‘Los Caballeros del Zodiaco’: el arte de no hacer nada

1 Butaca de 5

Cuando recibí la noticia de que mi primer escrito iba a tener como protagonista Los Caballeros del Zodiaco he de reconocer que mi sorpresa fue mayúscula. Mi tendencia de visionados suele ir ubicada al cine de autor -algo que susurré entre bambalinas-, por lo que se me propuso el reto de arrinconarme en la sección más tediosa del cuadrilátero “cinematográfico”: el terreno del entretenimiento -nada más cerca y lejos, al mismo tiempo, de la realidad.

Lo que me he encontrado es un producto que intuyo, gustará a aquellos seguidores de este universo de artes marciales, mitología y acción -desconociendo absolutamente toda narrativa de este mundo y su posible fidelidad al material de origen-, además de pasar dos horas del todo afables con los más pequeños. En este punto están las “virtudes” y fallos de la película. Un producto que reviste una solidez muy endeble, no ya en sucesivos revisionados, sino en el propio transcurso del metraje. Desde el minuto uno, se puede apreciar una escasa locuacidad en el nivel de los diálogos, una dirección carente de un mínimo de intencionalidad narrativa (cámaras lentas efectistas, planos holandeses que no aportan, dirección de actores inexistente, nulo trabajo con los espacios o excesivos cortes, evitando dar algo de dramática a la narrativa), un montaje que lastra el desarrollo narrativo de la historia (continuos flashbacks que se repiten una y otra vez sobreexplicando conflictos de los personajes o saltos de ubicaciones y grupos de personajes de forma prácticamente aleatoria, algo que impide narrar bien la historia que se nos cuenta) y un pésimo uso de la música, ya que no acompaña el desarrollo de las tramas, sino que oculta el mal planteamiento de la misma, guiando al público qué debe sentir en cada momento.

            La película nos cuenta la historia de Seiya, un joven que, tras su dura infancia, se gana la vida luchando en combates clandestinos bajo el yugo de Cassius. Seiya, parece tener una conexión con un poder místico y ancestral que descubrió -y pretende olvidar- bajo las enseñanzas de su hermana. Esto le conectará con el personaje interpretado por Sean Bean, Kiddo, que intentará salvarle de los oscuros propósitos de su mujer, Guraad, y conducirle por los senderos de ese poder denominado “cosmos”. Camino que le conducirá a estar ligado a la figura de la hija de Kiddo, una joven que encierra en su interior un viejo espíritu ancestral que amenaza con poner en peligro al mundo. Seiya se embarca en un viaje en el que tendrá que hacer frente a su pasado traumático y encarar su futuro estrechamente vinculado a los poderes otorgados/canalizados por un colgante dado por su hermana.

            Este producto adolece de los mismos pecados que la mayor parte de proyectos de entretenimiento que se empezaron a dar a partir de la década de los 80 y que ha alcanzado su auge en este siglo: películas sin ningún tipo de impronta autoral, efectos especiales emulando a videojuegos, muchas explosiones, muchos golpes, carencia de trasfondo narrativo y, algo habitual en estos días, dejar la historia completamente abierta, para que en caso de una buena ávida recaudatoria, se continúe con sucesivas secuelas. No es algo concerniente a la senectud o juventud, nadie debería estar preparado para esto.

‘La Pecera’: una obra sutil, relevante y respetuosa

3 Butacas de 5

Una mujer sufriendo de un avanzado cáncer toma una decisión repentina: sin querer buscar alternativas para tratarse, deja a su pareja y de un día para otro vuelve a su casa natal en Vieques, Puerto Rico. Así inicia La Pecera de Glorimar Marrero Sánchez, un estudio de personaje que aborda algo espinoso como es una enfermedad terminal sin suavizarlo, exponiendo su parte fea y dolorosa, pero con cierta distancia.

No es que no empaticemos con Noelia. Es una mujer joven que seguramente no esperaba esto para su vida y su testarudez es comprensible si no completamente justificada. La película explora varios temas: aquella autonomía que tenemos sobre nuestros propios cuerpos y destinos, la negación ante una segura sentencia de muerte, la necesidad de los otros como cuidadores, la parálisis frente a las situaciones difíciles. Todo lo que hace que su protagonista busque consuelo bajo el agua, en una bañera, o en una pecera, quizás metáforas del vientre materno en el que se refugia al volver al lugar donde creció.

La relación con su madre es cercana y natural, ambas mujeres se esconden cosas y no se cuentan todo, pero se quieren y se apoyan en lo que importa. Noelia no tiene por qué develar su estado de salud y su madre no da mayores explicaciones sobre su peligroso hobby: erradicar la isla de los residuos militares que dejó allí la marina estadounidense.

Noelia, por mientras, ignora llamadas de su novio y se reencuentra con amigos, ignorando un estado de salud cada vez más deplorable. Y estos padecimientos, que están mostrados, pero lamentablemente se sienten poco profundizados, se empiezan a cruzar con otra arista que también habría sido interesante de aclarar un poco más: la ocupación norteamericana en el territorio puertorriqueño.

Si es que el cáncer es una metáfora de la colonización, es algo que es demasiado ambiguo como para que se haga la conexión naturalmente. Y ese es lamentablemente el problema de La Pecera en varios aspectos. Es un drama bien fotografiado, bien actuado y bienintencionado pero que se siente frío y poco memorable. Aun presentando situaciones muy específicas y personajes humanos, pareciera faltarle dar un paso más, un apretón en la dirección que permitiera seguir más de cerca los pulsos emocionales que nos harían terminar de involucrarnos como audiencia. Una obra que arriesga quedar en el olvido, a pesar de lo bien cuidada, sutil, relevante y respetuosa, y de su destacable actuación protagónica.