‘Mi Crimen’: Divertida y aguda historia de un crimen

4 Butacas de 5

François Ozon se arriesga al tratar de forma cómica, irónica y burlesca una historia de crimen y de lucha social por los derechos de las mujeres, y el resultado es bueno. Es encantadora y exhibe una premisa temática ridículamente seria, una película muy fácil de ver que te dejará con una sonrisa en la cara y te hará reflexionar a la vez.

Ambientada en Francia en los años 30, la trama de la historia parte de un planteamiento ridículo y mantiene un tono excéntrico con carácter cómico y ligero hasta el final. Parte de su atractivo reside en este diferente acercamiento tan desenfadado que hace a hechos tan crudos como lo son el asesinato o el fraude. El tipo de género es nada dramático y puramente cómico, algo que no se suele ver en este tipo de historias o que, al menos, no se suele desempeñar con tal soltura como en este caso.

La ambientación en una época pasada acentúa dicho tono excéntrico hábilmente en cuanto a que sitúa la historia en un contexto social poco cercano al espectador en el que, a pesar de que las motivaciones de los personajes sean completamente contemporáneas, el acercamiento a los conflictos era muy diferente. Ayudan a construir este contexto unos diálogos y situaciones al puro estilo teatral, que presentan una extravagancia que recuerda a aquellos de las comedias clásicas de Hollywood. También lo hacen unas actuaciones excelentes por parte de un diverso elenco que sabe cómo acercarse a situaciones dramáticas de una forma jocosa y poco convencional.

La película se atreve a plantear personajes femeninos que se apropian indebidamente de un discurso feminista y lo mejor es que consigue hacerlo en una clave puramente cómica, sin dramatizar y exponiendo una genuina reflexión sobre la frágil corrupción moral de la sociedad. Un gran ejemplo de cómo tratar cuestiones serias con poca seriedad y a la vez con respeto, y de por qué este tipo de tratamiento puede ser beneficioso para reavivar en el cine ciertos debates sociales.

‘El cazador de recompensas’: un western descafeinado

2’5 Butacas de 5

El cazador de recompensas es la nueva propuesta de Walter Hill, un realizador con una extensa carrera a sus espaldas. El comienzo de la cinta lleva a uno a pensar que se trata de un spaghetti western, y es que la película comienza con unos planos impresionantes y una partitura muy pegada al Morricone clásico que advierten al espectador más ávido de que puede que se trate de una cuidada pieza audiovisual. Por desgracia no es así y termina cayendo una y otra vez en los tópicos del género sin profundizar en nada en concreto.

La película gira en torno a un enfrentamiento de época entre dos hombres: Max Borlund, un cazarrecompensas interpretado por Christoph Waltz y Joe Cribbens, un jugador y forajido interpretado por Willem Dafoe. Dos personas que viven fuera de la ley. La película se centra de lleno en Max y en la última misión por encargo de esta vieja gloria. Sobre el papel, parece una forma fresca de hacer un western.

Durante un buen rato, El cazador de recompensas resulta entretenida. Escrita por el propio Hill, la película es más hablada que la mayoría de los westerns contemporáneos. Hay un par de buenas partidas de cartas y unas cuantas escenas de acción que merecen la pena. Sin embargo, las interpretaciones se llevan por tierra todo lo anterior y nada logra alcanzar cotas originales o diferentes a lo ya visto.

El cazador de recompensas se erige al final como una conjunción de tópicos colocados sin aparente sentido, contemplados por una cámara vaga e interpretados por un grupo de actores demasiado sobreactuados.