‘La inspiración. El gran
Pirandello’, más allá de ser un análisis profundo sobre el proceso creativo
del teatro o la literatura, tiende más a una comedia ligera de estilo
costumbrista. Roberto Andò, director de la película, busca un
modelo popular de película sobre un tema que es bastante profundo y que apenas
se vislumbra.
La película cuenta la historia de Luigi Pirandello, el dramaturgo, que regresa a su pueblo natal justo para recibir la noticia de que su antigua nodriza ha fallecido. Decide organizar un funeral con todos los honores, para lo que contrata a Onofrio Principato y Sebastiano Vella, dos curiosos sepultureros que, además, se dedican al teatro aficionado. A raíz de este encuentro, Pirandello se interesa por la obra que están montando.
La película explora la curiosa
relación entre los creadores y sus personajes y cómo esa relación puede afectar
a los autores. Sin embargo, trata el tema de una manera ligera y
superficial que va acorde al tema de la película y juega en paralelo con uno
de los problemas de los protagonistas. Los dos dramaturgos aficionados
discuten sobre el tono que debe tener la obra, ya que uno de ellos busca que
sea un drama y el otro insiste en que la comedia gustará más al público.
Este dilema es el mismo que encuentra la película en muchos puntos.
El reparto está encabezado por Toni Servillo como Pirandello, que se mantiene en su línea interpretando personajes sobrios pero misteriosos, y Salvatore Ficarra y Valentino Picone como los peculiares dramaturgos aficionados, que encuentran una compenetración digna de la relación de sus personajes y que le da el punto justo de tensión y comedia a cada parte de la película.
‘La inspiración. El gran Pirandello’ es una interesante indagación sobre el proceso creativo que, sin caer en una desmedida intensidad, consigue mostrar lo complicado del proceso. Una curiosa mezcla entre realidad y ficción sobre un hecho histórico sin demasiada historia.
Todos los amantes del séptimo arte tenemos como referente a uno de los grandes personajes que nos ha traído la industria cinematográfica. Y es que el mítico boxeador Rocky Balboa, interpretado por Sylvester Stallone, ha logrado formar parte de nuestras vidas desde los años 70, llegando hasta ahora con la reciente trilogía centralizada en el primogénito del principal rival y amigo de Rocky, Apollo Creed.
Las dos primeras entregas de Creed, protagonizadas por Michael B. Jordan (Adonis Creed), fueron un rotundo éxito entre las críticas y el gran público, convirtiéndose en una grata sorpresa para aquellas personas que esperan poco y menos de los, en muchos casos innecesarios, reboots de los grandes clásicos de Hollywood. Y es que se han convertido en dos películas muy respetadas debido a que logran transmitir ese sentimiento de ambición y superación que representa a la saga original de Rocky, pero con los medios y el lenguaje cinematográfico del siglo XXI, haciendo así muy buen uso de la narrativa.
Para el que no se encuentre en contexto, Adonis Creed (Michael B. Jordan), es el primogénito del boxeador estrella, y eterno rival de Rocky Balboa, Apollo Creed (Si no conoces este nombre te recomendamos directamente que inviertas unas pocas horas de tu tiempo en repasar las primeras entregas de Rocky). En Creed III, vemos a un Adonis retirado tras haber dominado el mundo del boxeo. Habiendo prosperado también en lo profesional y lo personal, Adonis se reencuentra con un viejo amigo de la infancia, antiguo prodigio del boxeo, que provocará que Adonis entre una última vez en el ring.
Esta última entrega, como en cierto sentido era de esperar, viene cojeando tras 2 entregas que, tal y como hemos dicho, funcionaron muy bien con una narrativa e historia que logran conectar muy bien tanto con el público como consigo misma. Pero sentimos que Creed III se ha quedado un paso atrás. El personaje de Adonis Creed logró mucho más de lo que incluso se le llegaba a exigir, pero el sabor de boca que nos deja esta entrega es que su historia ha sido estirada con el fin de conseguir de nuevo espectadores.
Si la analizamos por partes, Creed III tiene un comienzo de cinta muy fuerte. Un inicio que nos va introduciendo más y más en esta nueva trama, con la expectativa de encontrar una relación compleja entre dos viejos amigos que en su momento, no hicieron las cosas como deberían, llevándolos al punto en el que están 18 años después. Pero en el momento en el que nuestras expectativas consiguen llegar alto, la película tiene un punto de giro rotundo, que rompe con toda profundidad refugiándose en reacciones un tanto infantiles por parte de los personajes, casi destruyendo la estima que se había conseguido generar alrededor del antagonista interpretado por Jonathan Majors (Damian Anderson).
Obviando este factor de la película, se mantiene fielmente la estructura de anteriores entregas, funcionando muy bien con el resto de la narrativa de la obra, y añadiendo recursos de carácter onírico nunca visto en la saga.
Otro
punto fuerte no tan característico de las anteriores entregas, es el gran despliegue fotográfico que se realiza,
pasando del tono documental a un uso más narrativo de la fotografía, con un
presente y pasado muy bien diferenciado tanto en contraste, como en colores y
textura. En definitiva, se hace muy buen uso de la luz y el encuadre,
introduciéndose en las tendencias actuales que oscilan entre lo comercial y lo
experimental, e incluso urbano.
Cabe destacar también la interpretación de Jonathan Majors interpretando Damian Anderson, cuyo personaje se ve reflejado mucho más allá de lo que la propia trama cuenta. El actor logra dar una personalidad diferente a su propio personaje con la forma con la que se mueve en el ring, algo notablemente trabajado, y que se sale en cierto sentido de lo convencional al dar énfasis en los pequeños detalles que en la realidad hacen destacar a grandes boxeadores como lo fueron Mike Tyson o Cassius Clay.
Con el fin de concluir, cabe decir que a pesar de los errores que se han cometido a la hora de escribir esta posible última secuela, la saga Creed ha conseguido lograr algo que muchas sagas no consiguen, y es resucitar viejas historias que en su momento cautivaron a generaciones enteras. Aunque en Creed III también se ha perdido cierta esencia de Rocky y Apollo Creed, Adonis sigue siendo una figura a la que admirar cuando vayamos a la gran pantalla.