‘Soul’: la profundidad del alma

5 Butacas de 5

La animación, bendita manera de narrar películas, historias que calan en el corazón y que superan con creces las expectativas de cualquier padre que acude a una sala de cine a disfrutar de un largometraje junto a su hijo. Preconcebidas para el público infantil, los dibujos siempre han sido un elemento importantísimo en la vida de cualquier ser vivo con los que imaginamos, sentimos y añoramos tiempos pasados. Y es precisamente, esa profundidad la que nos hace sentirnos muchas veces conmovidos por encontrar en el estilo Pixar historias que nos hacen pensar y sentirnos en perfecta armonía con el cine.

Soul es la nueva obra maestra de Pixar. Una historia que cala en el alma, en toda la profundidad de los rincones más ocultos de nuestro ser para demostrarnos que siguen escalando peldaños de calidad, emotividad y de narraciones insuperables. Después de demostrarnos el interior de la conciencia humana en Del Revés (Inside Out), con Soul los magos de la animación de Pixar se atreven a escarbar en nuestras emociones, en el más allá, en nuestras cualidades y lo que nos hace ser especiales, humanos.

Lo mejor de Soul es sin duda la filosofía, convirtiendo el pensamiento del film en un relato sencillo que abraza la poesía y el humor, a través de una simple historia de intercambio de personalidades. Esto no quiere decir que caiga en lo empalagoso y pomposo, para nada, si algo tiene la película de Pete Docter, escrita junto a Kemp Powers, es que convierte lo cotidiano en especial, tomando como parte primordial de su mensaje el valorar aquello que hacemos a diario.

La música vuelve a jugar un elemento fundamental, en esta ocasión es el jazz y a veces con toques de blues lo que convierte a Soul en un pentagrama emocional de pensamientos, armonía y diversión para toda la familia. Nuestra conciencia en muchos momentos es disparatada y demencial, algo con lo que el filme sabe jugar para mostrarnos los momentos de soledad en esa oscuridad del Más Atrás o nuestros propios deseos y satisfacciones que nos hacen evadirnos.

Una historia moderna, con toques clásicos que se convierte en la gran sensación de la animación para esta temporada. Todas las piezas del puzle de la película encajan perfectamente gracias a la figura de Joe Garner, protagonista del film, que representa a ese músico de vocación que desea subirse al escenario para demostrar lo que le apasiona ante un mundo que no se para a pensar en lo que hay al otro lado de nuestro corazón.

Soul es un viaje sublime, tan cautivador, demencial, especial y deliciosamente ejecutado en todos los aspectos. Una película que hará que los pañuelos se empapen con la emoción de una historia tan humana como la vida misma.

‘Saint Maud’: El autoplagio elevado a arte

3´5 Butacas de 5

Saint Maud es un debut que no sabe a debut. Vaya por delante que esto no es una crítica a Rose Glass, porque la directora da muestras de un talento que rara vez se manifiesta de forma tan evidente en la obra de un recién llegado. Los seguidores del cine británico deberían quedarse con su nombre, porque no me cabe duda de que va a sonar con fuerza en el futuro.

Mi queja va dirigida más bien a una forma de entender el cine de terror que poco a poco se ha ido imponiendo en los últimos años de la mano de A24, productora de títulos como Hereditary (2018), Midsommar (2019) o El Faro (2019). Después de décadas luchando contra el desprestigio institucionalizado que sufre este género y contra las imposiciones de un público generalista que rechaza cualquier película “de miedo” que no tenga sustos, la evolución natural de ambas tendencias es esta: el aplauso fácil a cualquier obra que haga alarde de técnica y de imaginería visual, obviando que este fetichismo de la imagen a veces solo sirve para tapar un preocupante vacío de contenido. El enorme éxito crítico de Midsommar (una buena película, pese a todo) solo se comprende en un universo en el que todo el mundo se ha olvidado de The Wicker man (1973), que ya hizo lo mismo (pero mejor) casi medio siglo antes.

Es lícito alabar los méritos visuales de una película, claro que sí. Y de eso, Saint Maud va sobrada. Lo que no tiene sentido es aferrarse a ellos para elevar cintas que no son ni mucho menos redondas a la categoría de obra maestra, sobre todo porque en muy poco tiempo ya estamos apreciando un increíble agotamiento de recursos estéticos. En Saint Maud hay demasiados planos que remiten a Hereditary sin pudor ninguno, incluyendo el tan recordado momento en el que la cámara se coloca al revés. Solo han pasado dos años entre una y otra, y la sensación es que se está intentando forzar la consolidación de una “escuela” mediante la repetición de recursos. A ver cuánto dura el truco.

Dicho esto, si a uno no le molestan los déjà vus, Saint Maud es visualmente sobrecogedora. A su favor juega además que toda esa destreza no está puesta al servicio de una ambiciosa mitología sin fin aparente, sino que se trata de un drama psicológico intimista centrado en la figura de la joven Maud (interpretada por una sobresaliente Morfydd Clark). La película explora la crisis de fe de su protagonista, una enfermera obsesionada con salvar el alma de una antigua estrella de la danza (Jennifer Ehle) que padece un cáncer terminal. En el proceso, la delgada línea entre el fervor religioso y la locura se difuminan en torno a dos mujeres diametralmente opuestas, pero a la vez unidas por un magnetismo que traspasa la pantalla.

El principal problema es que, desde el principio, el viaje de Maud no es tal, porque Rose Glass no pierde el tiempo en jugar con las expectativas del espectador. Resulta muy difícil creer en ningún momento que la joven esté en sus cabales, por muy explícitas que se muestren sus ensoñaciones divinas. En este sentido, la anticipación por el desenlace se reduce a la siguiente pregunta: ¿será una loca a secas, o una loca que tiene razón? Lo cierto es que poco importa, pues el punto fuerte de la película es su atmósfera, no el suspense.  En conjunto, Saint Maud decepcionará tanto a quien busque una película de sustos fáciles como a quien espere una obra que deje poso tras su visionado, pero tiene suficientes méritos artísticos como para que la experiencia valga la entrada.