‘Emilia Pérez’: un narcomusical sobre la identidad

4 Butacas de 5

¿Qué pasaría si uno de los más grandes narcotraficantes del país te pide a ti, como abogada, que le gestiones un cambio de género? Con esta premisa tan atractiva y el envoltorio de un musical, Jacques Audiard despliega un nuevo universo visual en Emilia Pérez. Una película sobre la identidad que lanza dardos envenenados a una sociedad corrompida como la mexicana.

Sobrecualificada e infravalorada, Rita (Zoe Saldaña) es una abogada de un gran bufete que un día recibe una oferta inesperada: ayudar al temido jefe de un cartel a retirarse de su negocio y desaparecer para siempre convirtiéndose en la mujer que él siempre ha soñado ser.

El director francés se atreve a adentrarse en la baja sociedad mexicana para retratar un caso particular y curioso. Nunca nadie pudo imaginar que el mayor sueño de un narcotraficante era abandonar su vida y cambiarse de género. La película nos introduce en este mundo de la mano de su protagonista, una abogada cansada de defender casos de violencia y estar comiendo con unas manos manchadas de sangre. Es por ello que no duda en aceptar la suculenta oferta.

Emilia Pérez no solo es un viaje por lo más profundo de México, sino también un retrato sobre la identidad en todas sus formas y colores. ¿Puede un cambio de género implicar un cambio de alma? ¿Pueden cambiar las personas? Audiard planta un campo de preguntas mientras se divierte con canciones y coreografías originales e interesantes.

La película se desinfla poco a poco desde su inicio, para terminar con un desenlace pobre y atropellado. Quizá su punto más débil sea una narrativa que va vaciando su cargador de forma indiscriminada. Todas sus intérpretes están correctas, con la sobresaliente actuación de Zoe Saldaña y la pata coja del banco que es Selena Gómez.

Emilia Pérez es una película muy entretenida que conoce muy bien el tablero sobre el que coloca sus fichas. Un narcomusical que reflexiona sobre las crisis de identidad y la posibilidad de purificar el alma.

‘Camboya 1978’: Los restos del genocidio

3’5 Butacas de 5

Bajo el cruel y tortuoso régimen de los jemeres rojos, justificado por la falsa igualdad, Rithy Panh nos ofrece esta nueva entrega y nos regala una nueva perspectiva desde los ojos de tres ingenuos periodistas.

El filme nos presenta a Alain, Lise y Paul tres periodistas franceses que son invitados por los jemeres rojos. Desde la primera escena, bajando del helicóptero la atmósfera se percibe como una falsa tranquilidad en la que la tensión solo va incrementando, una tensión generada por lo que no vemos, pero entendemos bajo el contexto de lo que nos muestran.

Desde el primer acto, los tres invitados son tratados como prisioneros, encerrándolos en sus habitaciones y no permitiéndoles salir sin escolta, controlando hasta la más mínima pregunta y permitiéndoles entrevistas solo con ciudadanos que “saben lo que tienen que decir” hasta el punto de quitarles el equipo fotográfico.

La película se apoya de imágenes de archivo y recupera las figuras de arcilla tan características de “la imagen perdida” (2014) abordando así todas las formas para tratar de narrar lo inenarrable, causando frustración por todas esas historias perdidas y gente desaparecida en tan terrible régimen.

La historia, tan dura como delicada no tiene la más mínima piedad por sus personajes, como si de un documental se tratara, un fragmento del genocidio y el esfuerzo del cineasta por recuperar un poquito de la memoria de Camboya.