‘Rabiye Kurnaz contra George W. Bush’: la emocionante historia de una madre coraje

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Andreas Dresen dirige esta dura historia sobre una madre coraje dispuesta a todo para salvar a su hijo. Y lo cuenta de una manera tan simpática y entrañable que casi no se nota la crítica al sistema de justicia estadounidense de esos años en los casos de terrorismo.

La historia empieza en 2001, justo después de los atentados del 11-S. El hijo mayor de una familia turco-alemana hace un viaje y acaba detenido y retenido en Guantánamo. Su madre Rabiye, una mujer aparentemente normal, remueve cielo y tierra para conseguir que su hijo tenga un juicio justo. Junto con Bernhard Docke, un abogado de derechos humanos, inician un viaje para remover la política mundial y sacar a Murat de prisión.

La película cuenta muy bien cómo fue el proceso que tuvieron que sufrir sus protagonistas. Habla de las dificultades y los trámites burocráticos a los que tuvieron que hacer frente Rabiye y Bernhard Docke, pero también se muestra cómo la vida familiar de Rabiye se va desgastando con el paso de los años. Esto último quizá tarda en verse, cuando era un problema para ella desde el principio, pero es lo que aporta la parte más emocional a la película.

El personaje de Rabiye es lo que sostiene toda la historia y lo que le da el tono a la película. Es una mujer optimista y que no se da por vencida, solo en alguna ocasión flaquea, pero dada la situación lo raro es que no le ocurra más veces. Es un terremoto y consigue arrastrar al abogado con esa actitud de que nada les podrá detener. Es un personaje fresco que le da el carisma necesario a la película para que no sea una historia tediosa.

El reparto está compuesto por Meltem Kaptan y Alexander Scheer como Rabiye y Bernhard Docke, y Sevda Polat, Mert Dincer y Ali-Emre Sahin como la familia de Rabiye.

‘Rabiye Kurnaz contra George W. Bush’ es una emocionante historia sobre una madre coraje que no permite que nadie la pare y que va contagiando a todos a su alrededor con la esperanza de recuperar a su hijo. Un tierno y duro relato de superación.

‘Mi querido monstruo’: los niños no han de huir de la tristeza

3 Butacas de 5

Lo primero que hay que decir de Mi querido monstruo, película china de animación que se estrena en los cines españoles este 10 de febrero, es que el título elegido para nuestro país no se corresponde en absoluto con la historia que nos transmite su director, Jiuanming Huang.

Será más atractivo a la hora de buscar la concurrencia del público infantil, pero es una trampa, pues Goodbye, Monster (Adiós, monstruo), su nombre original, es mucho más fiel a la esencia del film.

Y es que estamos ante una historia ambientada en la China milenaria (aunque en la imaginaria aldea del Kunlun) y en la que todos sus habitantes, que son monstruos (por lo que en realidad ninguno lo es), se ven afectados por un mal que amenaza con acabar con la vida: el “poder oscuro”.

Un misterioso embrujo que oscurece el alma de aquel que se ve invadido por él y acaba petrificado. Para evitarlo, un peculiar médico, Bai Ze, la gran esperanza de su maestro, trata de demostrar a todos que es “el mejor médico de Kulun”.

Entre las muchas dosis de humor y efectos especiales, necesarios en toda historia dirigida a niños, nos encontramos con una marcada lucha íntima que se refleja en varios escenarios y la protagonizan distintos personajes. Así, bullen la burla al diferente, el deseo por ser aceptado por los demás, la envidia, la tristeza…

Todo hasta ser conscientes de que el “poder oscuro”, la tristeza que a todos nos puede acechar en un momento cualquier de nuestra vida, es más eficazmente combatido con una simple acción: escuchar con los cinco sentidos, dejando a un lado las propias ideas o prejuicios preconcebidos, a aquel que sufre de melancolía o incomprensión.

Esto, que puede resultar básico, es lo que ha de aprender nuestro médico protagonista para dominar su arrogancia innata y en verdad ser “el mejor médico de Kulun” y salvar a sus vecinos. Mi querido monstruo es mucho más que una película infantil para divertirse. Ojalá que sean unos cuantos los niños que comprendan la lección que nos da Jiuanming: en este mundo frenético, a veces, es necesario parar y escuchar al otro. De conseguirlo, todos podemos ser médicos. Al menos, médicos del alma (que no es poco).