‘Mala Bèstia’: No quiero crecer

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Bàrbara Farré debuta en el cine con una película que es un cuento sobre una adolescente que entra en la vida adulta protagonizada por María Schwinning.

La directora Bàrbara Farré salida de la ESCAC, como muchas de las últimas directoras jóvenes catalanas, ganó con su primer cortometraje premios en los Gaudí y en el Festival de Málaga en el año 2018.

Ha realizado videoclips como los de “F*uking Monkey Man” de Rosalía, ‘Muñequita Linda‘ de Najwa Nimri o ‘El relámpago’ de Amaia y también participó en la serie ‘Selftape’ de Filmin. Ahora da el salto al cine con su primera película que es una fábula contemporánea sobre el paso de la niñez a la adultez a través de los cuentos clásicos infantiles.

Atenea (María Schwinning) vive en un internado para niñas huérfanas. Las más mayores cuidan de las pequeñas y ayudan a las nuevas a integrarse. Las niñas pequeñas visten de blanco y las adolescentes de negro y éstas cada día que pasa temen que nadie las adopte. Por suerte para Atenea eso no es así y es adoptada por Lali y Gael que viven en una casa en el bosque.

La estructura de la historia es una matrioska de cuentos en la que la narración salta de uno a otro a través de transiciones nada obvias. La directora va guiando la narración convirtiendo esos cuentos en una fábula contemporánea sobre los miedos a la edad adulta.

Atenea tiene miedo a no ser adoptada nunca, a ser nuevamente abandonada y a crecer. Es insegura y no sabe cómo adaptarse a su nueva familia. Por el contrario, se siente segura y protegida en el internado al que llaman el castillo. El miedo a lo desconocido fuera del internado está presente en todas las adolescentes.  La parte fantástica de la historia salen de los diferentes miedos que se apoderan de Atenea que actúan como catalizadores para contarnos los sentimientos por los que pasa la protagonista. Y de esos miedos, surge una decisión que Atenea toma y que afectará a su nueva familia irremediablemente. La luz es clave en esta historia que combina luminosidad y oscuridad como parte de la narrativa de los cuentos.

Es una pena que la película no termine de explotar esta parte ya que justo cuando parece que lo fantástico va a apoderarse del relato la directora pise el freno lo que hace que se vuelva repetitiva y algo lenta en algunos momentos hasta que la protagonista pasa a la acción.

María Schwinning sostiene la película con un personaje que navega entre la fragilidad y la volatilidad. Iria del Río y Roger Casamajor dan vida a un matrimonio que decide adoptar a una adolescente mientras también están intentando tener un bebé.

Farré firma el guion junto a Alberto Dexeus y la fotografía corre a cargo de Lucas Casanovas mientras que Raül Refree firma la música de este cuento.

La película es una producción de Mimosa Produce, Sumendi, Lágrima Films, Kabak Films y Mamma Team que cuenta con la participación de 3Cat, de Filmin y Movistar+ y con el apoyo del ICAA y el ICEC.

‘Mother Mary’: Una propuesta valiente y arriesgada con un duelo actoral espectacular

David Lowery me parece uno de los directores más interesantes del panorama cinematográfico. Un director de carácter independiente que ha podido colarse dentro de la maquinaria de Hollywood aportando su granito de arena a sus producciones, al tiempo que realiza proyectos más personales. Una vez comenzó su carrera a través de cortometrajes, fue con En un lugar sin ley donde dio el salto definitivo al contar en su reparto con Rooney Mara y Casey Affleck (actores que estuvieron de moda en su momento… y que ahora mismo andan desaparecidos en combate), para después realizar el correcto remake de Pedro y el Dragón. Pero fue al año siguiente cuando dio un golpe sobre la mesa con la notable A Ghost Story y, a partir de aquí, su trayectoria ha sido un no parar entre producciones independientes (The Old Man & the Gun) y otras más comerciales (Peter y Wendy), aunque soy de los que piensan que la maravillosa El caballero verde es, con diferencia, su mejor película.

Ahora nos trae su nueva película, Mother Mary, que cuenta como cabeza de cartel con Anne Hathaway y en la que vuelve a su vertiente más independiente y, por qué no decirlo, algo experimental. El resultado me ha parecido hipnótico y fascinante.

Viejas heridas, enterradas durante mucho tiempo, salen a la superficie cuando la icónica estrella del pop Mother Mary (Anne Hathaway) se reencuentra con su distanciada mejor amiga y antigua diseñadora de vestuario, Sam Anselm (Michaela Coel), en la víspera de su actuación de regreso a los escenarios.

Durante la primera hora de Mother Mary estaba absorto ante la propuesta del cineasta. Desarrolla la mayor parte de su obra únicamente con un escenario y dos personajes, como si de una obra de teatro se tratara. Aquí podía caminar por una línea muy fina al mezclar ambos medios, pero, sin duda, la puesta en escena de David Lowery hace que en ningún momento pierdas el foco de lo que está pasando, realizando una composición de planos magnífica y perfectamente cuidada para transmitir lo que quiere. Encuadres cerrados en el momento preciso, combinados con otros mucho más abiertos de una fuerza visual tremenda, hacen que el resultado brille con luz propia.

Y lo hace a través de un guion que nos muestra los abusos de poder, la manipulación y la toxicidad, heridas de las que sus personajes principales tendrán que sanar para alcanzar su bienestar personal. Lo desarrolla con una solidez y una contundencia admirables, hasta el punto de que, durante su primera hora, solo me cabía aplaudir la propuesta. Resulta arriesgado que sea un único escenario y dos personajes quienes tengan que enfrentarse a sus mayores miedos. Aparte de eso, su mezcolanza de drama, teatralidad y cine fantástico, e incluso de terror, hace que tanto la producción como la historia resulten únicas, volviendo a mostrar una historia de “fantasmas”, como ya hizo en trabajos anteriores.

Pero, sobre todo, Anne Hathaway y Michaela Coel están SOBERBIAS en sus respectivos papeles, cada una jugando en el momento preciso con el rol que le corresponde y mostrando un duelo interpretativo de primer nivel. Por supuesto, la propuesta casi teatral les permite lucirse muchísimo más, pero el trabajo de ambas sostiene la película y mantiene al espectador completamente hipnotizado por sus interpretaciones.

Ahora bien, si la primera hora era valiente y arriesgada, es en su segunda mitad donde el espectador decidirá si entra definitivamente en la propuesta o no. Lowery da un salto al vacío, tanto visual como argumental, con una especie de performance (fascinante, en mi caso) que no todo el mundo podrá aceptar. Su mezcla de géneros y su marcado estilo visual pueden generar rechazo en parte del público, y aunque no fue mi caso, entiendo que algunos espectadores esperaran otra cosa, pues rompe con el estilo que había manejado hasta ese momento. Lo que intenta mostrar Lowery es cómo podemos sanar a través de la creación artística, y qué mejor manera de hacerlo que mediante las imágenes, aunque es cierto que esta parte puede no conectar con todos los espectadores.

Por lo demás, destacar una fotografía magnífica, que sabe sacar provecho tanto del único espacio en el que transcurre su primera hora como del uso del color (esas telas…) y de una segunda mitad repleta de imágenes deslumbrantes. El vestuario posee un gran protagonismo dentro de la historia, mientras que la banda sonora de Daniel Hart está muy bien utilizada, adquiriendo un mayor protagonismo en esa segunda mitad más cinematográfica, con momentos de puro terror.

Por tanto, solo puedo decir que Mother Mary me ha parecido una producción de lo más notable, una nueva demostración de que David Lowery es uno de los directores más interesantes del panorama actual, con una visión muy clara de lo que quiere contar y de cómo quiere hacerlo. Todo descansa sobre un estupendo libreto, dos interpretaciones sobresalientes y una puesta en escena que sabe contenerse cuando debe y desatarse cuando la historia lo necesita. Una propuesta interesantísima, de las que ya no se ven tan a menudo, cuyo visionado, si entras en su juego, será como una sesión de hipnosis que no te dejará apartar la vista de la pantalla durante toda su proyección. Muy notable.