‘La Tutoría’: Psicoanálisis entre aulas

3’5 Butacas de 5

“La tutoría” de Halfdan Ullmann Tøndel propone un encuentro del espectador y de los personajes en un mundo ordinario, en una actividad tan rutinaria como una tutoría con los profesores. Algo normal que, en manos del director noruego, torna retorcido, psicológico e insano.

Un día lluvioso en el totémico colegio europeo, son citadas dos familias: la madre soltera de Armand y los padres de Jon. Una reunión totalmente misteriosa donde, poco a poco, se va entregando la información con cuentagotas. Estas reuniones en un marco de este tipo ya las hemos visto en películas como “Un dios salvaje”, pero en este caso, se aleja del camino de la sátira descarnada y abraza al surrealismo psicológico más siniestro.

Paralelamente a esta trama de descubrimiento del conflicto por parte de los padres, hay un recorrido académico a través del cual el colegio intenta gestionar el problema de la mejor manera posible para poder salvar los muebles. Pasando la bola a la pobre tutora que no tiene la culpa hasta que, por fin, es el mismísimo director quien se tiene que hacer con las riendas del problema. Ver como la gestión de este suceso supera tanto a las familias como al propio centro es algo muy atractivo.

¿Y cuál es el problema aquí? Pues que, según parece, Armand ha tenido extrañas conductas con Jon, dándose un caso que se podría etiquetar de agresión sexual. Es chocante, ¿verdad? Más si tenemos en cuenta que tienen seis años.

Todo este tratamiento, que está jugando como un thriller con ecos a Hitchcock, poco a poco se va ramificando de crítica social y juicio moral hacia un camino más surrealista. Es como si la propia cinta estuviera viva y los personajes empezaran a ser espectros que se pasean por sus aulas reflexionando sobre sus propios problemas, teniendo bastantes conexiones entre ellos. Todo con una fotografía en claroscuros, pintando mucho con la sombra en espacios muy minimalistas donde destacan las siluetas y los sonidos extraños. Eso sí, el trío formado por Renate Reinsve, Ellen Dorrit Petersen y Endre Hellestveit hace un trabajo encomiable, dejándose llevar por el director hacia el lado perverso de la mente humana en una sociedad como la nórdica, que es aparentemente perfecta.

Todos los problemas que pone sobre la mesa dan pie a un buen rato de reflexión, sobre todo en los tiempos que estamos, que parecemos modernos para unas cosas y tradicionales para otras. Sin embargo, el tejido de “La tutoría” acaba creando un espacio que no se entiende del todo, con buen trabajo interpretativo, pero sin fondo realmente, ya que las formas lo dominan todo. Volviéndose el realizador cada vez más extrovertido, subvirtiendo un relato aparentemente clásico en un experimento que el público puede comprar o rechazar.

Es arriesgado sin duda, tiene sus elementos de valor, pero es complicado de encarar, ya que Halfdan Ullmann Tøndel intenta convertir su película en algo inesperado. Es audaz, pero se ha pasado de frenada.

‘La tutoría’: es difícil conectar con sus imágenes

2 Butacas de 5

Este viernes 21 de febrero se estrena en cines de España La tutoría (Armand) (2024), la ópera prima de Halfdan Ullmann Tøndel, nieto de los ilustres cineastas Ingmar Bergman y Liv Ullmann, que refleja con bastante inteligencia la falta de recursos y protocolos educativos frente al bullying y la complejidad en el juicio sobre las acciones infantiles, pero termina resultando monótona y se diluye al intentar transgredir. 

El colegio de su hijo Armand llama a Elizabeth (Renate Reinsve) para una tutoría privada junto a los padres de Jon. Al parecer, su pequeño de 6 años podría haberse sobrepasado con su compañero.

La ambigüedad es el elemento narrativo primordial sobre el que Halfdan construye La tutoría. En ningún momento queda claro qué ocurrió o siquiera si llegó a ocurrir, por lo que la tensión entre los padres de ambos integrantes del conflicto no hace más que acrecentarse, e información de la que como espectadores no disponíamos en un principio se nos va revelando inteligentemente para sostener la defensa de cada una de las partes. Es por esto que, junto a la ambigüedad, la ocultación —de la información precisa—, se convierte en otro factor elemental en la construcción del relato. 

Es interesante, también, el enfoque que Halfdan adopta en torno a sus personajes, pues la película se llama Armand por el niño que causa el conflicto principal, y trata sobre las relaciones de los alumnos, pero se centra en todo momento en las reacciones de los adultos a problemas que les quedan muy lejos pero muy cerca al mismo tiempo, además de reflejar la manera en que la conducta de los padres influye en la de los hijos y lo extremadamente perjudicial que puede llegar a ser.

Todo esto funciona bastante bien hasta que, superado el primer acto, la película se estanca en una monotonía de la que no se recupera, y entra en juego una dinámica de coreografías gratuitas y de aparente intención transgresora que no casa en absoluto con el tono general. El foco inicial, tan en contacto con cintas afiladas como La caza (2012, Vinterberg), Sala de profesores (2023, Çatak) o Monstruo (2023, Koreeda), que cuestionaban pilares fundamentales de la educación y la sociedad, se va perdiendo a favor de un relato cada vez más difuso y pretencioso que no termina de llevar a ningún sitio.

Si comienza atrayendo, al poco tiempo rechaza por su extraña forma de desarrollarse y es complicado volver a conectar con sus imágenes, de forma que la inicial decepción va transmutando en hastío. Así termina y la sensación de vacío es máxima. Hay ideas con encanto, pero se pierde en un territorio de absoluta vacuidad.