‘Hombre Lobo’: una película de terror sin sazonar

2 Butacas de 5

(from left) Charlotte (Julia Garner), Ginger (Matilda Firth) and Blake (Christopher Abbott) in Wolf Man, directed by Leigh Whannell.

La licantropía, al igual que sucede con el vampirismo, cuenta con una mitología única y rica en detalles. El hombre lobo ha sido y es uno de los cuentos de terror más conocidos a lo largo del planeta. Cuando una película se acerca a estas leyendas, no siempre lo hacen desde el mismo prisma, algunos sazonan su obra con diferentes condimentos esenciales (balas de plata, luna llena, aullidos…) Sin embargo, Hombre Lobo hace todo lo contrario. Coje el filete crudo y lo echa a la sartén sin sal, aceite, ni perejil. Leigh Whannell (El hombre invisible, 2020) presenta una película correcta en lo práctico, pero bochornosa en todo lo demás.

Wolf Man

Con su matrimonio deshilachándose, Blake convence a su esposa Charlotte para que se tomen un descanso de la ciudad y visiten la remota casa de su infancia en la zona rural de Oregón. Cuando llegan a la granja en plena noche, son atacados por una especie de animal. La familia se atrinchera en la casa mientras la criatura merodea por el perímetro. A medida que avanza la noche, Blake empieza a comportarse de forma extraña, transformándose en algo irreconocible.

Christopher Abbott as Blake in Wolf Man, directed by Leigh Whannell

Hombre Lobo tarda siglos en arrancar (si es que arranca alguna vez), el guion se empeña en presentarnos a los personajes de forma demasiado evidente, con diálogos carentes de misterio o interés, redundando sobre el mismo tema. Al final, en vez de implicar al espectador emocionalmente, lo que consigue es dibujar unas caricaturas estereotipadas con patas enfrentadas a una amenaza sonrojante. Se nota el trazo grueso en un guion que tiene intención de dotar a la historia de una especie de metáfora profunda sobre la violencia heredada y la emancipación que no le hace ningún favor.

(from left) Charlotte (Julia Garner), Blake (Christopher Abbott) and Ginger (Matilda Firth) in Wolf Man, directed by Leigh Whannell.

En cuanto a lo práctico, el Hombre Lobo en cuestión está conseguido, los efectos prácticos funcionan y dotan a la historia de una credibilidad interesante. Sin embargo, es la puesta en escena tan tosca y falta de coherencia la que la convierte en un batiburrillo de escenas que más que terror producen bochorno. La película abre con un prólogo interesante, un manejo del suspense clásico del que no se vuelve a saber nada hasta los créditos finales.

Wolf Man

Hombre Lobo es una película de terror bastante floja. Si bien hace todo lo posible por tomarse en serio, no consigue más que arrancar alguna carcajada en alguno de los momentos supuestamente claves. Con un guion predecible y una ausencia total de misterio, la película hace aguas por todas partes.

‘Babygirl’: un hipnótico juego de roles

3’5 Butacas de 5

Este viernes 17 de enero se estrena en cines de España Babygirl (2024), la nueva película de la directora holandesa Halina Reijn tras el éxito de su anterior Muerte, muerte, muerte (2022). Un thriller erótico oscuro en que la ética queda a parte y la pasión de sus lascivos personajes desbanca cualquier atisbo de raciocinio.

Romy (Nicole Kidman) es una alta ejecutiva insatisfecha con su marido Jacob (Antonio Banderas), que empieza una aventura de puro desenfreno sexual con el nuevo becario de su empresa Samuel (Harris Dickinson), un chico joven y atractivo que está dispuesto a ponerla a prueba.

(L-R) Nicole Kidman, Harris Dickinson. Credit: Courtesy of A24

El eco de Eyes wide shut (1999, Kubrick) es ineludible cuando erotismo y Nicole Kidman convergen en pantalla. No obstante, y aunque hay rimas evidentes, aquí la cuestión va por otro lado. En Babygirl se estudia el desarrollo de la pasión de sus personajes —de Romy principalmente—, a través de un juego de roles perfectamente construido. Si en un principio la empresaria juega con la evidente ventaja de su superioridad laboral respecto al becario, la situación se va invirtiendo con el transcurso del filme, y Samuel toma el control absoluto por el irrefrenable deseo de Romy. De esta forma, la película de Reijn contrapone dos formas opuestas de poder: el laboral —reglado, objetivo— y el afectivo —pasional, humano e inestable—; y los relaciona mediante el sexo, la pulsión más primitiva de todas, para explorar los límites de su práctica.

La mayor virtud de Babygirl reside en la ausencia de juicios morales sobre sus personajes ante unas acciones tremendamente cuestionables. La ética se aparta a un lado, Halina no juzga, filma e instala el debate. ¿Quién hace bien? O, mejor dicho, ¿Alguien hace bien? Pero es que, la perfección no existe, y cuando el deseo permea todo puede ocurrir. Así se plantea una de las cuestiones que remite a la película de Kubrick: la fidelidad. Aspecto determinado por la naturaleza monogámica de la relación entre Romy y Jacob, pues lo que sucede en Babygirl depende directamente de los estándares sociales. Y, aunque pueda imaginarse una realidad poligámica y libertina como vía de solución para algunos problemas de sus personajes, es cierto que, los de Kidman y Dickinson, se excitan y disfrutan innegablemente con la naturaleza ilícita de su relación.

Halina Reijn con esta Babygirl se sigue abriendo camino como una directora interesante a tener en cuenta. Su película es un retrato sobre la depravación, la pasión irrefrenable y el poder y su capacidad de control, mediante un pasmoso erotismo que no juzga y se va tornando cada vez más oscuro y cuestionable, ¿o no? Kidman y Dickinson entregadísimos en sus papeles hacen reflexionar sobre los límites de la libertad.